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El terreiro ya hervía de luz y afecto. Las velas de colores danzaban en los rincones, el aroma dulce de la alhucema perfumaba el aire y los atabales resonaban con un ritmo vivo que hacía palpitar cualquier corazón de pura vibración. Era una noche de celebración, de abrir las puertas del pecho y llamar a la alegría de vuelta a casa.
En el centro de la rueda, la sacerdotisa sonrió, sintiendo la energía de la tierra subir por las plantas de sus pies. Levantó los brazos, entonando el canto sagrado con una voz clara y luminosa que hizo estremecer el ambiente de pura expectativa:
— ¡Viene de lejos, viene del mar! ¡Con su falda de encaje y su risa a brillar!
Las voces de la comunidad se unieron en un solo coro radiante. Las palmas ritmadas llenaban el espacio, ahuyentando cualquier rastro de tristeza. Todos sabían a quién estaban llamando. Era Doña Rosa Caveira, pero no para pedir justicia o curar dolores antiguos; hoy era día de celebrar la vida, la fuerza y la carcajada que disipa cualquier sombra.
El ritmo de los tambores se aceleró, festivo y contagioso. De pronto, un viento cálido atravesó el salón, haciendo bailar las llamas de las velas en una danza alegre. En medio del lugar, la médium dio una vuelta rápida, con el cuerpo ligero como si flotara.
Cuando sus ojos se abrieron, el espacio se llenó de una carcajada resonante, alta y llena de vida. No había miedo, solo una inmensa ola de alivio y calor. Doña Rosa había llegado.
Con pasos firmes y una elegancia singular, saludó a los tambores, abrazó a los presentes y esparció una energía revitalizante. La gente sonreía, lloraba de alivio y danzaba a su alrededor. El mensaje era claro, grabado en el ritmo de aquella noche: la fe también es fiesta, amor y la certeza de que nunca caminamos solos.