
Imagen generada por la IA
Cuando a uno le dicen, No me digas que no, uno cae en un espectro mitad parálisis, mitad compromiso. ¡Sí, eso mismo! Con estas palabras soporté un limbo paralizante y un correlato de adeudo que descartó cualquier intento negativo. Debía comprometerme a dar una afirmación. Pero la presión creció y escaló, y mucho, y muy lejos de mí un vago qué hago, qué hago flotaba en el mismísimo limbo. Yo, en realidad, nunca había estado en un aprieto o apuro asfixiante. Pues muy poco he hecho por obligación en mis (escasas) decenas de años.
En este aprieto de no decir no, no, recordé pasajes juveniles cuando caía rendida -convencida o no- a reafirmar que todo era posible, y a desperdigar, con toda inocencia, incluso, que no había imposibles. Aunque, a decir verdad, uno fue aprendiendo con el paso de décadas afortunadas que uno carga naturalmente, sin presión.
El asunto central del aprieto, que he escondido sin querer, era que tenía que convertirme en avatar sin decir no, sí, un avatar, o una alternativa (mediática). Reafirmo que todo se me complicó por el renombre de quien me dijo No me diga que no. ¡Ah!, no se trataba de convertirme en ninguna estrella, solo hacer un poema, un poema ponderando un exclusivo avatar.
Al académico de tan grato ofrecimiento le respondí que contara conmigo: me convertiría en un avatar finalmente. Bajé mis hombros. Escribí. Reescribí injertos en el poema.
Trabajé ilusionada. El proyecto, mi aprieto, agrupó siete poetas, siete poetisas. El académico quedó “prendado” de mi poema y del iris del avatar. Añadió “queda perfecto en el libro” …. Respiré tranquila. Ha pasado más de un año. El libro se vende en la mayor plataforma mundial.
La presentación del libro se avecina con su pléyade de afamados poetas y académicos (as), y yo presentaré mi avatar Wikiwoman sin mucho aprieto.