
Cromolitografía
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No me hice fanático del béisbol en la juventud, ni siquiera en la adolescencia. Mi vínculo con ese juego nació mucho antes, en la niñez, cuando comencé a seguir a los Leones del Caracas.
Los juegos los escuchábamos por la radio; la televisión aún no se había inventado o, al menos, no había llegado a popularizarse entre nosotros.
Tenía doce años cuando ocurrió algo que quedó grabado para siempre en mi memoria: el primer juego sin hits ni carreras en la historia de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional. Lo lanzó el zurdo estadounidense Lenny Yochim, de los Leones del Caracas, el 8 de diciembre de 1955, frente al Magallanes. “En el estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria”, repetían los locutores con solemnidad. El marcador final fue 3-0. Nunca lo olvidé.
La segunda gran alegría como aficionado llegó tres años después. En un viaje con mi tío Jesús hicimos escala en Valencia y aprovechamos para asistir a un juego entre los Leones del Caracas y los Industriales de Valencia —todavía el Magallanes no se había mudado a esa ciudad—. También esa vez ganó Caracas, como si el destino se empeñara en afianzar mi fidelidad.
Más tarde, al mudarme a Mérida, me fui alejando un poco de la afición. A esa ciudad no llegaban las transmisiones radiales de los juegos, y teníamos que conformarnos con conocer los resultados al día siguiente —o incluso dos días después, si el juego terminaba tarde—.
Con el paso de los años, he seguido el béisbol de manera intermitente: atento, aunque a la distancia, a la actuación de los venezolanos en las Grandes Ligas y, más recientemente, en los Clásicos Mundiales de Béisbol.
Pero lo ocurrido el martes 17 devolvió a la superficie una pasión que creía dormida. Venezuela derrotó a Estados Unidos en su propio terreno y se coronó campeón del Clásico Mundial de Béisbol por primera vez, con un dramático 3-2. Desde entonces, no me canso de ver los videos de los momentos decisivos: los juegos contra Japón, potencia histórica del bisoño torneo; contra Italia, que llegaba invicta; y finalmente contra los propios estadounidenses.
Aquella victoria no fue solo deportiva. Permitió a los venezolanos, dentro y fuera del país, expresar —cada uno a su manera y según sus circunstancias— una alegría largamente contenida. La euforia que se desbordó en el estadio y en las calles fue apenas un reflejo de algo más profundo: una emoción colectiva que llevaba años esperando un momento para manifestarse plenamente.