
Bailarinas de Ballet, (1895-1900)
Fuente: https://www.wikiart.org/
Las cosas como son. Es muy difícil que alguien o algo sea enteramente agrio o enteramente dulce. No me refiero a cosas de comer, y hago la aclaratoria porque escribiendo la frase me acordé de la leche condensada. En fin.
A lo que voy es a nuestra vida. Es siempre más o menos. “Todo muy bueno, pero…”, o “todo muy malo, pero”. Yo recuerdo de chiquita una prima que se iba a casar, y Lulucita y la mamá de la novia comentaban sobre el enlace. “Él es muy bueno, pero tiene sus bemoles”. Fue la primera vez que oí que alguien podría tener “bemoles”, y lo recuerdo clarito porque en esa época estudiaba piano y era la única acepción que hasta ese día conocía de esa palabra. Impresionante cómo los adultos hacen comentarios creyendo que los niños no oyen, y resulta que a uno se le queda marcado para siempre.
De ahí en adelante, no solamente se trató del novio de la prima, con quien creo que sigue casada, sino de eso de que, aunque algo estuviera bien, podría tener algo fuera de tono. Ha habido muchas veces en que me ha sido útil el ejemplo: en mi carrera, con mis amigos, en los lugares en los que he vivido, y suma y sigue.
Pero también me quedó claro que los bemoles muchas veces vienen siendo lo de menos.
Por ejemplo, pienso en las bailarinas, que con los pies triturados en una zapatilla de punta que seguro las salva del infierno, salen leves y lindas a demostrar que la gravedad se puede vencer y que la belleza es más que probable. Yo supongo que para ellas esta sublimación de sus movimientos y sus siluetas mitiga cualquier ampolla o, mejor no sigo, porque son tan lindas que no vale la pena echarlas a perder con cosas del mundo. Digamos que, en casos así, los bemoles valen la pena con creces.
¿Se acuerdan de Napoleón y la Misa? Bueno, más o menos era eso a lo que creo que se referían Lulucita y su prima…