
Ophelia, (detalle), 1851
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Me miró y, como si intentara atravesar las nubes grises que cubrían el cielo, con una media sonrisa, giró lentamente la cabeza hacia la ventana y dijo: «Cuando esté allí, si me aceptan, en el interminable e impasible camino del cielo, veré mejor la arrogancia de los hombres, sabré conversar con el silencio y sentiré el espíritu de la tierra». Con los ojos casi cerrados, pensé que el cansancio la había abandonado en esa orilla donde el duermevela se mezcla con los sueños y las olas, al rozar la arena, gimen, inconformes con el final del viaje. En la mesita de noche, a la derecha de la cama donde yacía, la vela perfumada que alguien le había regalado en su reciente cumpleaños dudó entre apagarse y seguir esparciendo la indefinible fragancia que me daba la ilusión de que, de un cálido sol de última hora de la tarde, irrumpiendo entre las nubes grises que cubrían el cielo, surgiría un breve rayo de luz, recordándome que «el alma es grande y la vida es pequeña».