Cambio de lugar,
por Susana Pacheco Cedeño
Era una mañana fría, sumergida en un gris pálido. Una tenaz lluvia cubría el ambiente y parecía invadir el baño. Alberto se lavaba el rostro frente al espejo y notó que algo andaba mal: cuando terminó de secarse la cara, en el reflejo sus manos seguían sosteniendo la toalla. Su propia imagen se movía con una fracción de segundo de retraso.
Al principio pensó que era el cansancio. Probó haciendo otros gestos, pero descubrió con horror que el reflejo le sonreía sin que él lo estuviera haciendo. Fue entonces cuando vio el mensaje escrito en el vidrio empañado: “Cambiemos de lugar”. La entidad del otro lado estaba lista para cruzar y ocupar su sitio en el mundo de los vivos. Quiso gritar, pero no pudo ver su propio rostro aterrorizado; ya no estaba de este lado del espejo.
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