
Las costureras, 1918
Fuente: https://www.artsy.net/artwork
Las distracciones son costosas y creativas. Las dos cosas. La diferencia está en el origen, en el porqué de la distracción. Las costosas son las que llegan como accidentes para evadir la realidad, y pueden costar reprimendas o pérdidas de dinero.
Cuando era adolescente, mis notas escolares iban muy bien, salvo en física o matemáticas. Esa disciplina que mucho después descubrí que puede ser imaginativa, fértil y profunda, era entonces para mí lo más aburrido del mundo. Cada vez que pasaba una mosca por la clase, me ocupaba de la trayectoria del insecto o de sus alas; de cualquier cosa que me hiciera escapar de las fastidiosas tablas de multiplicar y de los «problemas» que me ponían al borde de la locura. Mis mayores distracciones se daban en esa clase.
Por ejemplo: «¿Cuántos metros de tela habrá que comprar para que Rosita, la costurera, pueda hacer un traje de novia si el tafetán cuesta tanto el metro, dispone de tal dinero y cosecha un vestido cada dos días?». Miraba con asombro al profesor, quien nunca entendió la fuente de mi distracción: el absoluto desinterés que me causaban las penurias de Rosita y de otros personajes en absurdos planteamientos.
Más adelante la cosa empeoró, porque tampoco me llamó nunca la atención la existencia de los triángulos equiláteros ni de las bisectrices. En fin, de distracción en distracción, fracasé en Ciencias en el liceo y me pasé rápida y felizmente a Humanidades, donde se podía escribir, imaginar y encontrar personajes mucho mejores que Rosita en las múltiples novelas y cuentos de aventuras en los que me enfrasqué.
Y por ahí llegaron las distracciones creativas. Cuando uno imagina, ya no se le llama distracción, sino literatura o poesía: uno de esos actos magníficos en los que uno puede sumergirse sin ser criticado.
Hay personas a las que les interesan nuestras historias y nuestra versión de las cosas, aunque su ejercicio nos excluya de lo que otros consideran el verdadero sentido de la existencia: ganar dinero haciendo cosas aburridas o que odiamos.
Distraerse no es malo. Depende de dónde, cuándo y para qué.