
Fuente: https://coleandmarmalade.com/
La oveja era blanca como mentira recién lavada, de esas que todavía huelen a jabón e inocencia. Su lana recién peinada por el viento. Caminaba con ese paso corto de los seres que nunca han visto el mundo en su verdadera forma. Sus ojos, dos pozos mansos, miraban con la inocencia de quien cree que la vida no muerde.
El gato era gris como la sospecha, con el lomo marcado por noches largas y silencios que no se cuentan. Desde el tejado donde se instalaba como rey sin reino, observaba a la oveja con curiosidad y resignación. Sus ojos, dos brasas apagadas, parecían saber cosas que nadie le había dicho pero que él había aprendido a fuerza de sobrevivir.
La oveja repetía que el mundo era recto, que bastaba con avanzar sin mirar a los lados, sin desconfiar. El gato estiraba el cuerpo, arqueaba la espalda y soltaba una risa que raspaba como lija sobre madera vieja.
—Recto es para los que no han visto sombras.
Ese día el monte amaneció raro. El aire se apretó, como si alguien hubiera cerrado una puerta lejos y el eco hubiera llegado hasta allí. Las hojas no se movían. Los pájaros callaron. Hasta la luz caminaba con cuidado. Y entonces apareció el lobo: flaco, silencioso, con ese andar que anuncia tragedia. Sus pasos no sonaban; su mirada sí.
La oveja siguió en línea recta hacia el corral, convencida de que la rectitud era una suerte de escudo. El lobo la olió, la midió, la escogió. No tenía prisa: la inocencia nunca corre.
El gato vio el peligro desde arriba. No pensó. Bajó como sombra que decide hacerse ruido. Sus patas tocaron la tierra con precisión. Se plantó frente al lobo y soltó un bufido que no parecía de gato, sino de algo más grande, más dispuesto a pelear. El lobo retrocedió ante ese desafío inesperado. Cambió de presa. El gato lo condujo lejos, entre matorrales, hasta que el monte volvió a respirar.
Cuando regresó, la oveja temblaba.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó como si temiera que la respuesta también pudiera morder.
El gato se encogió de hombros.
—Porque caminar recto sirve… hasta que el camino se llena de colmillos.
La oveja volvió al corral. El gato al tejado. Cada uno a su naturaleza, pero ya nada era igual. La oveja aprendió a mirar de reojo; el gato, a que la luz le tocara el lomo.