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─ Hay gente que se apasiona por la Geografía. Yo no lo entiendo, pero es así ─ me decía Manolo, al regreso de su visita anual a Don Rafael ─. Particularmente las definiciones de cabo, península, archipiélago, delta, hoya y vaya usted a saber cuántas más me parecen tan aburridas como una mala película muda.
Don Rafael fue uno de los maestros de la infancia de Manolo cuando estos eran casi siempre personas que parecían saber de todo y que lo mismo hablaban de la poesía de Rafael Alberti que de las fuentes de riqueza en Nueva Guinea.
─ Siempre nos daba clase de Geografía a la última hora. Cuando estábamos preparados y listos para salir corriendo con el timbre. Pero ahí estaba él, serio como la sombra de un crucifijo y empeñado en repasar los afluentes del Amazonas.
Manolo intentaba reproducir una lista de nombres de ríos desconocidos y que parecían palabras de otro idioma: Madeira, Negro, Tapajós, Marañón, Ucayali, Casiquiare, Japurá…
─ Los más atrevidos de la clase osaban poner a Don Rafael en el compromiso de explicarles por qué esa condenada lista y muchas otras eran importantes. ¿Para qué les iba a servir eso en la vida? ─ se apiadaba Manolo con el recuerdo ─. ¡Qué tontos éramos!
Don Rafael contestaba esos desafíos con un argumento muy sencillo: “¿Te gustaría vivir en una casa llena de tesoros escondidos sin saber cómo los vas a reconocer? ¿Qué forma tienen? ¿Dónde pueden estar?”
Pero el atrevimiento no suele ir acompañado de la reflexión y los temerarios alumnos se miraban entre sí, negaban con la cabeza y confirmaban su teoría de que el viejo Don Rafael estaba demasiado viejo.
─ Yo mismo ─ decía mi amigo ─ tardé en darme cuenta de la importancia del veterano maestro. No solo trataba de inculcarme curiosidades; lo que Don Rafael quería era algo que estaba mucho más allá y que yo no pude apreciar en aquellos momentos. Era su pasión lo que nos regalaba, no solo por la Geografía sino por el tema del que quisiéramos saber. Si era posible enamorarse de esa manera por la altura de los Cárpatos o por la profundidad de la sima de Las Marianas o por las extensiones de los desiertos, entonces era posible enamorarse de cualquier conocimiento.
Eso era lo que Manolo todavía agradecía en su visita anual al viejo profesor, que le había enseñado a enamorarse del saber. Creo, además, que Manolo también se sabía bendecido por haber tenido una experiencia que no sé cuán posible sea hoy en día.