







Hasta el día de hoy, no soy capaz de dormirme con las puertas del closet abiertas, porque mi mamá aseguraba que salían los muertos. A veces confieso que me gustaría hacer la prueba a ver, pero no, es más fuerte que yo.
Como es más fuerte que yo usar destapadores de cañerías o abonos de jardín, porque en mi infancia corría la historia de una niñita que usó una cuchara de veneno, con todo y que ya la habían lavado y resulta que se murió intoxicada.
La masa cruda de las tortas daba dolor de barriga. Eso sí sé que es mentira, porque la he probado y no pasa nada. Es más, se la daba a mi niña o a mi misma mamá cuando ya era viejita, y no les pasó nada. A las pruebas me remito…
Pero lo que sí fue patético fue cuando nos contaron que un muchacho que vivía en nuestra calle se comió un frasco entero de aspirina infantil y se enfermó al extremo de que nunca más pudo probar azúcar o sal. Muchos años después, nos lo encontramos en un matrimonio y nos dijo que era que había nacido con un problema renal… pero igual ya nosotros habíamos atravesado la infancia con terror a las aspirinas. Yo nunca di problemas para comer, pero según mi mamá había una niñita que no quería almorzar y resulta que de la nada le comenzaron a aparecer plumitas negras y después se volvió zamuro y se tuvo que contentar con los vertederos de basura.
Más adelante me encontré con que en Brasil era veneno activo comer mango y tomar leche, y si los niños dejaban las pantuflas con la suela hacia arriba, las mamás se morían. Caminar hacia atrás detenía el tiempo, aunque para nosotros era peor, porque llamaba al diablo.
Otra de trascendencia internacional era bañarse después de almorzar. Era muerte garantizada.
Yo no veo a mi hija creerse nada de esto, pero tampoco recuerdo habérselo dicho alguna vez. A lo mejor es que los niños de hoy son menos cándidos, tampoco sé.
Lo cierto es que si entran a mi cuarto a mi hora de dormir pueden apostar, que van a ganar, que las puertas de mi closet van a estar cerradas…s