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Algunos símbolos atraviesan culturas y siglos sin perder su esencia. La flor de lirio —la flor de lis— es uno de ellos. Presente en civilizaciones antiguas y tradiciones espirituales, encontró un hogar vivo en Nueva Orleans, ciudad de agua, calor y memoria.
El lirio no crece en tierra limpia. Florece en aguas turbias, en riberas donde tierra y agua se confunden. Su pureza no es ausencia de dificultad, sino capacidad de orientarse hacia la luz desde la adversidad. Es la perseverancia en su forma más silenciosa.
En Nueva Orleans, la flor de lis no es un adorno: es un emblema de resiliencia, pertenencia y continuidad. Tras la devastación, la ciudad la adoptó como símbolo de supervivencia, de comunidad que se reconstruye con paciencia, ritmo y esperanza. No promete perfección, sino la decisión de permanecer.
Migrar enseña lo mismo. El crecimiento no siempre es visible ni lineal. Requiere disciplina, confianza y capacidad de sostenerse. Como en la costa oriental venezolana de donde proviene mi familia, donde sol, sal y agua enseñan que vivir plenamente implica enfrentar tormentas y aceptar lo imprevisible. Como el lirio, no florecemos a pesar del barro, sino porque aprendemos a vivir dentro de él.
La flor de lis se ha convertido en metáfora personal: construir sentido sin negar el pasado, alcanzar logros sin olvidar el esfuerzo que los hizo posibles, habitar una identidad hecha de fragilidad, fuerza y propósito. La perseverancia y la resiliencia no son gestos heroicos; son elecciones cotidianas.
Como el lirio, seguimos creciendo. No porque el terreno sea limpio, sino porque el barro, cuando se conoce, también nutre.