Rojita,
por Getulio Bastardo
El aire estaba impregnado de trabajo: los olores se mezclaban con los ruidos. Cada hombre en su faena; las chanzas se confundían con las órdenes, y los gritos de advertencia con las carcajadas. El campo estaba vivo. Veinte hombres trabajando en el trapiche lo confirmaban y, al final del día, podían verse los frutos del esfuerzo: los conos de azúcar morena descansaban sobre toscos tinglados de madera, alineados tal cuerpos en reposo.
Uno de esos hombres era “Rojita”, moreno como los demás, alegre, dueño de una risa fácil y de una voz que por las noches se volvía relato. Después de la cena, cuando el cansancio aflojaba la lengua, contaba historias. Cada noche surgía una distinta, y todas encontraban oyentes. Con el tiempo, Rojita terminó siendo una de esas historias como parte del lugar, ...




