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“Querida mía: para cuando recibas esta seguramente el pequeño Manuel ya habrá nacido y yo no lo habré visto. Nada me ha dolido tanto, pero tú y yo sabemos por qué era necesario…”
Manolo leía la carta con voz pausada y cariñosa. Pocas veces lo había sentido tan cálido. Esperé a que terminara la lectura, doblara el papel en sus antiguas marcas y lo guardara en un cajón. Después comenzó a contarme que se trataba de una vieja carta de su abuelo para su abuela cuando en los años 40 él tuvo que emigrar para trabajar y se perdió el nacimiento de su hijo, el padre de Manolo. La habían encontrado en la vieja casona familiar, perdida detrás de unos muebles.
─ Como verás ─ decía mi amigo ─ en mi familia no derrochaban creatividad para buscar nombres. Vengo de una larga lista de Manolos.
Sé que este último Manolo, mi amigo Manolo, no es afecto a la nostalgia ni a las emociones tradicionales y me preguntaba por qué me había hecho escuchar el dolor de su abuelo cuando tuvo que decidir entre trabajar para un mejor futuro o vivir un presente incierto.
─ Me ha hecho pensar ─ continuó ─ en que hubo un tiempo en el que las cartas eran la única manera de comunicarse y que mientras las cartas viajaban, sucedían miles de cosas de las que nunca se enteraría el remitente hasta que le llegara una respuesta. Las cartas eran como la luz que tarda ocho minutos en llegarnos desde el sol.
Ese tiempo de demora, según Manolo, le permitía, a gente como mi abuelo, imaginar lo que pudiera estar pasando y generaba expectativas que no se satisfacían hasta semanas después. Eso convertía cada carta en una emoción agazapada en el fondo del buzón o colándose por debajo de la puerta.
─ Hoy en día la inmediatez le ha quitado fantasía a la comunicación. Mi abuelo podría haber estado presente, vía Internet, en el nacimiento de mi padre.
─ ¿Y eso no te parece bueno?
─ No se trata de bueno ni de malo… nunca diré que los tiempos pasados fueron mejores, solo me doy cuenta de que esas fantasías tejidas por las personas en las esperas de noticias eran las que convertían cada carta en la llegada de un circo de emociones.
─ Pero hoy en día también se viven fantasías y emociones.
─ Seguro, pero a una velocidad tal que no es tu imaginación la que las inventa, sino que se te imponen. Es como si tuviéramos el Sol justo frente a nosotros y la luz no tardara nada en llegar… es posible que para cuando la luz salga ya estemos ciegos.