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El aire estaba impregnado de trabajo: los olores se mezclaban con los ruidos. Cada hombre en su faena; las chanzas se confundían con las órdenes, y los gritos de advertencia con las carcajadas. El campo estaba vivo. Veinte hombres trabajando en el trapiche lo confirmaban y, al final del día, podían verse los frutos del esfuerzo: los conos de azúcar morena descansaban sobre toscos tinglados de madera, alineados tal cuerpos en reposo.
Uno de esos hombres era “Rojita”, moreno como los demás, alegre, dueño de una risa fácil y de una voz que por las noches se volvía relato. Después de la cena, cuando el cansancio aflojaba la lengua, contaba historias. Cada noche surgía una distinta, y todas encontraban oyentes. Con el tiempo, Rojita terminó siendo una de esas historias como parte del lugar, como el trapiche mismo.
Llegaba tempranito los lunes y se iba los viernes en la tarde. Caminaba siempre solo, sin apuro. Conocía cada recodo del camino y cada sombra del monte.
Al caer la noche, cuando el sol cedía, algunos hombres salían de la hacienda rumbo a la playa cercana; otros se quedaban a la orilla de la carretera, conversando o mirando pasar los carros que rompían la quietud.
Los hijos del patrón, durante las vacaciones, se mezclaban con ellos, participando tanto en las faenas como en las charlas.
Una de esas tardes, dos de los muchachos caminaban por el sendero que conduce de la carretera a la casa cuando vieron pasar a Rojita. Iba por el camino de siempre. Al cruzarlos, levantó la mano y los saludó a cada uno por su nombre. Nada en él parecía distinto. Era viernes, y ambos supusieron que regresaba a su casa, más adentro en el campo.
El fin de semana siguiente, uno de los hermanos preguntó al padre por Rojita. No lo había visto llegar ni escuchado su voz por las noches.
El padre guardó silencio un instante antes de responder:
—Rojita murió hace tres semanas. Lo encontraron en el camino que va para La Soledad.
Los muchachos se miraron sin decir nada.
Recordaron el saludo. El gesto simple. El cuerpo andando. Desde entonces, cada viernes, al caer la tarde, el camino parecía más largo junto con el presentimiento de ver aparecer nuevamente a Rojita.
Y algunos juraban que, cuando el sol bajaba y el campo se quedaba quieto, todavía alguien levantaba la mano para despedirse.