
Febrero,
Fuente: https://www.wikiart.org/
Queridos supervivientes de enero: ¡bienvenidos al purgatorio del calendario!
Hoy estrenamos febrero, ese pequeño mes en que por estos lares todavía es pleno invierno.
Proviene de «februare», el verbo latino que aludía a purificar culpas y casas, una especie de «detox» antiguo, sin batidos verdes, antes de que el año se pusiera serio. Para los romanos era un mes de expiación; para nosotros, el tiempo perfecto para quejarnos de que nada termina de arrancar. Fue el último mes del calendario romano y hoy parece el cajón donde se amontonan las promesas incumplidas de Nochevieja.
Tiene veintiocho días, a veces veintinueve, como si no estuviera del todo seguro de merecer un lugar completo. Y, sin embargo, aquí está, con su carácter contradictorio: frío pero romántico, corto pero intenso, sobrio y a la vez cursi hasta el empalago. No es poca cosa ser el mes de San Valentín y de los corazones inflables.
A febrero le asignaron la amatista, piedra que los antiguos creían capaz de evitar la borrachera. Sinceramente, me parece una crueldad que el mes de los carnavales y del Día de los Enamorados —dos eventos que exigen, como mínimo, una copa de vino para ser tolerados— esté representado por una piedra que te mantiene sobrio.
También le tocan el iris y la violeta, flor discreta que crece a ras de suelo. Es la metáfora perfecta del mes: no intenta destacar, solo intenta no morir congelada mientras espera la llegada de marzo.
Lo más gracioso es su crisis de identidad: cada cuatro años le da por crecer un día más. Años bisiestos que provocan discusiones domésticas porque alguien «pierde» su cumpleaños, romanticismo obligado «por decreto» en San Valentín, carnavales que en algunos lugares son un desenfreno y aquí ni se celebran. Todo un espectáculo concentrado en un mes que no llega a la treintena.
Febrero es el recordatorio anual de que lo bueno, si breve, dos veces bueno; y lo malo, si corto, al menos se acaba pronto. Disfruten de este paréntesis; al fin y al cabo, si hemos sobrevivido a enero, febrero es solo un trámite antes de la verdadera vida.
Pero cuidado con subestimarlo. Febrero no es un mes menor, es un mes concentrado. Y, cuando se va, deja una idea clara sobre la mesa: el año ya empezó de verdad. Lo demás es excusa.