
Pianista, 1904
Fuente: https://www.meisterdrucke.ie/
Hoy es el Día Mundial del Piano y uno se pregunta por qué, entre las 365 páginas del calendario, se ha escogido precisamente la número 88. No es un capricho: ese número coincide con las teclas del instrumento. Ochenta y ocho teclas que contienen un universo entero, desde el susurro íntimo de un nocturno hasta la fuerza desbordada de una orquesta. La idea surgió en 2015 por iniciativa del pianista alemán Nils Frahm, quien propuso celebrar el piano el día 88 del año, que suele caer el 29 de marzo.
Venezuela ha tenido pianistas excepcionales, todas ellas también compositoras. Basta nombrar a Teresa Carreño, prodigio desde la infancia; a Nelly Mele Lara, autora de una Misa Criolla de gran belleza; a Luisa Elena Paesano, creadora del «Trancao»; o a Gabriela Montero, que hoy recorre los grandes escenarios del mundo y hasta un Grammy Latino tiene.
Pero no siempre fue así.
La historia del piano está salpicada de nombres que la posteridad no ha destacado lo suficiente. Te hablo de dos de ellos.
Comienzo con Nannerl Mozart. Mientras el pequeño Wolfgang asombraba a las cortes europeas, a su lado ella interpretaba con idéntica maestría, y hay partituras que sugieren que incluso componía. Su padre, Leopold, decidió cerrarle la tapa del piano al llegar a la edad casadera. ¿Cuántas sonatas de Nannerl se perdieron en la cocina, entre la harina y los hijos? Nunca lo sabremos.
Otra figura olvidada es Clara Schumann. Clara era, a los trece años, una superestrella. «La reina del piano», la llamaban. Su virtuosismo era tal que su esposo, Robert, compositor, basó muchas de sus propias obras en el talento de ella.
Sin embargo, Clara tuvo que compaginar la composición con la administración del hogar, la crianza de ocho hijos y la creciente locura de su marido, que la amaba sí, pero también tenía algo de celos creativos. Hoy escuchamos la música de Robert, y raramente la de Clara, que asumió su identidad artística bajo el apellido de su esposo. Su legado es magnífico, pero mucho más escaso de lo que su genio permitía.
Hoy celebramos un instrumento, pero también convendría preguntarnos cuántas músicas quedaron sin escribirse y caer en cuenta de que la armonía solo es perfecta cuando todas las teclas, negras y blancas, masculinas y femeninas, pueden ser tocadas con la misma intensidad y recibidas con la misma admiración.