
La torre de Babel, 1604
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Llegué tarde al concierto y me tocó sentarme en la última fila.
Me acomodé justo entre dos cabezas blancas, una pareja de aquello que llamaban en mi ciudad, la “juventud prolongada” o “gent grand” (gente grande) como se conoce en Cataluña a las personas mayores.
De inmediato la música se adueñó del recinto.
La parejita de enfrente mantenía un diálogo conmovedor. Se miraban, se sonreían, mientras se deleitaban con las notas que flotaban en el aire.
Yo intentaba sortear mi mirada entre sus gestos a ver si divisaba a mis amigos que cantan en el coro.
Como no era tan fácil, decidí cerrar los ojos y concentrarme en la música.
Las primeras piezas eran en latín, Laudate Dominum is sanctis ejus…
Siguieron con melodías en italiano, Dolcissimi respiri de nostri cori amanti…
Abrí los ojos un momento para intentar de nuevo encontrar a mis amigos y me topé otra vez con las cabezas de mis adorables viejitos.
El coro se paseaba ahora por estrofas en alemán, Einst ruh ew’ge Zeit…y yo, en trance sublime, entendiendo todo lo que me comunicaba la música, sin necesidad de traducción.
He aquí mi reflexión.
Vino a mi mente la Torre de Babel.
Según los relatos bíblicos, la civilización de entonces pretendía construir una torre colosal que llegara al cielo, un acto de soberbia por lo cual, Dios, para detener su orgullo, decidió confundir sus lenguas originando así los diferentes idiomas. Aparentemente, al no entenderse, abandonaron la construcción y se dispersaron.
Yo allí, en mi concierto, internalizando todo lo que cantaba el maravilloso coro sin importar las palabras y contemplando el lenguaje silente de esa pareja de eternos enamorados, concluí algo importante que quizás los constructores de la Torre de Babel no consideraron.
No hace falta ser políglotas para poder entendernos.
No es preciso ser plurilingües para conmovernos ante el “aliento más dulce”.
La música, la poesía, el amor.
En la sala y también en mi pecho, estallaron los aplausos.