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Una de las causas por las cuales no ando a las greñas con todos, cuando se trata de opinar de asuntos de política, religión o deportes (y estos suelen ser temas por los cuales muchos de matan, literalmente), es que soy un tibio.
No puedo abrazar con tanta vehemencia una convicción ni creo que exista un credo por el cual se deba quitar del mundo a alguien. Y es que cuando me pongo a examinar los puntos de vista planteados, encuentro que de algún modo y con respecto a ciertos asuntos, no les falta razón a los de un bando ni a los del otro.
Explico con un ejemplo. Con respecto a quién es el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos, están los partidarios de LeBron y los de Jordan. Aunque también están los haters, que dicen que LeBron no sirve, pero no es porque amen al otro sino porque odian a este.
Bueno, los argumentos que dan cada uno de los bandos me parecen razonables: aquel tiene más puntos, aquel más campeonatos, uno ha jugado más finales, otro ha ganado más finales (sin perder ninguna). Todos sirven para apuntalar su candidato; pero es imposible borrar de la historia lo que el rival ha hecho.
Y así. Entonces, como yo no le doy la razón a ninguno, no tomo partido por un bando, ni quiero matar a los del otro (y esto es algo que se ve en deportes, aunque mucho más en política), entonces me dicen que soy un tibio.
Que tengo que tomar partido, me aseguran; no puedes ser indiferente: si no estás conmigo, estás contra mí, etc., son frases que van y vienen, de tal suerte que me convierten a mí en un enemigo más.
Yo no entiendo ni la manía acusatoria ni el maniqueísmo. Los que viven por el chocolate y detestan el helado de fresa, no quieren que nadie coma de este último. Pues, bueno, están en su derecho, digo yo.
Y si se me ocurre sugerir que, ya que no se pueden poner de acuerdo, entonces coman vainilla, que también es bueno. “Cállate, me gritan, ¿quién te pidió tu opinión?”
“Pues, fueron ustedes mismos, ¿acaso que no recuerdan?”, respondo yo tranquilamente, sirviéndome un poco de fresa, vainilla y chocolate a la vez, para mayor sacrilegio.
La verdad, todavía no he conocido una cuestión que tenga un solo lado, salvo el disco de Odín, del que habla Borges en un cuento. En todos los demás, hay dos, por lo menos. Y ambos son necesarios, porque las monedas tienen cara y cruz.
Así que mientras ellos siguen peleándose, yo me quedo disfrutando, porque por algo existen las cosas distintas. Quién sabe si algún día no terminan matándose, en realidad (y claro que ocurre, lastimosamente). Entonces me digo: bienaventurados los tibios de espíritu, porque ellos heredarán la tierra, así como los helados.