
Julio César en su carro triunfal, 1500
Fuente: https://www.wikiart.org/
Dicen que el tiempo no pasa, sino que nos pasa por encima, y hoy, 1º de marzo, el calendario nos da un golpe de realidad. Ya no valen las excusas del «estamos arrancando» de enero, ni el paréntesis festivo de febrero. Marzo llega con esa puntualidad que a nosotros, los hijos del trópico y el caos, tanto nos cuesta imitar.
Debe su nombre a Marte, el dios romano de la guerra. Y para los antiguos, era el primer mes del año. Lógico. Tras el invierno, los caminos se hacían transitables, momento ideal para que los hombres se dedicaran a lo que mejor saben hacer: invadir al vecino. Marzo era el aviso de salida para las legiones. Así que, si este mes se presenta como una batalla, ya saben: es herencia genética de un calendario diseñado para el combate.
Sobre todo, es el mes de los desenlaces accidentados. Que se lo digan a Julio César, a quien un vidente advirtió «guárdate de los Idus». Él, con esa soberbia propia de quienes se creen indispensables, ignoró el aviso un 15 de marzo… Y ya saben lo que le pasó. ¡El exceso de confianza es el peor enemigo del poder!
Beethoven nos dejó un 26 de marzo, bajo una tormenta que parecía una copia de sus propias sinfonías. Dicen que levantó el puño al cielo antes de morir; un gesto muy de este mes, que es pura resistencia. Y en la política, ese otro arte del conflicto, en marzo de 1985 Mijaíl Gorbachov asumió el mando de la URSS, abriendo puertas que nadie supo cerrar y firmando, sin saberlo, el acta de defunción de un imperio que parecía eterno.
Pero no todo es conflicto.
Marte, el guerrero, también era el padre de Rómulo y Remo. O sea, que de la guerra puede nacer la civilización.
Marzo es el mes del equinoccio, ese instante en que la luz y la sombra se reparten el mundo a partes iguales. La naturaleza nos da una lección de equilibrio que nosotros nos empeñamos en ignorar. También nos recuerda que la «cuaresma» no es solo un asunto de fe, sino una metáfora de la austeridad que a veces la vida nos impone, queramos o no…
Entre vientos impredecibles y días que alargan la luz, marzo nos enseña que el cambio es la única estabilidad posible. Y quizá esa sea su mayor lección: no hay que esperar al próximo enero para empezar otra vez, basta con mirar el cielo y entender que el tiempo, como la vida, siempre está dispuesto a concedernos una segunda oportunidad.
Que este marzo no nos agarre con la guardia baja ni con el alma desordenada. Porque como bien sabían los clásicos (y como vamos aprendiendo nosotros con cada cana), la vida es eso que pasa mientras uno espera que el tiempo mejore.