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En mis búsquedas por internet me topé en estos días con un personaje con una obra tan peculiar que me dije que tenía que investigar para contarles.
Se trata de una mujer que fue, según internet, una ensayista y «cartógrafa de mundos ficticios» estadounidense, famosa por la publicación de varios atlas de lugares que, en la realidad, no existen. Me dirán ustedes si es o no llamativa la descripción de esta ensayista, nacida en 1945, quien falleció tempranamente en el 2005.
Hay quienes leemos novelas para distraernos y hay quienes, como Karen Wynn Fonstad, las leen con la sospecha de que en algún lugar entre líneas hay un territorio que merece ser medido. No todos los lectores llevan brújula. Ella sí.
Formada en la University of Oklahoma, donde obtuvo un máster en Geografía con especialización en cartografía, una disciplina clave en toda su obra, Karen hizo algo que a primera vista parece innecesario y, sin embargo, resulta imprescindible: tratar la ficción como si fuese realidad. Porque una cosa es que un hobbit camine y otra muy distinta es saber por dónde, cuánto tarda y qué clima le acompaña en el trayecto.
Su trabajo más conocido, «The Atlas of Middle-earth», es el resultado de un método riguroso que examina distancias, relieves, rutas y cronologías con la seriedad de quien levanta un mapa del mundo tangible. Fonstad no dibujaba por intuición, sino que reconstruía. Lectora obsesiva de J. R. R. Tolkien, llegó a leer «El Hobbit» y «El Señor de los Anillos» unas 30 veces antes de proponer su atlas. Leía y releía, comparaba pasajes, corregía inconsistencias y organizaba el espacio narrativo como si Tolkien le hubiese encargado un catastro.
Karen no solo trazaba mapas: desmontaba la idea de que la ficción es un territorio de libre imaginación. Sus líneas, medidas al milímetro, recuerdan que incluso los mundos inventados obedecen a una lógica, a un orden, a una disciplina que no admite trampas. Tal vez por eso, después de leerla, uno ya no vuelve a perderse igual: ni en la ficción ni en la vida. Porque si hasta los caminos de la Tierra Media exigen coordenadas, conviene sospechar que nuestros propios extravíos no son falta de mapa sino quizás de flojera para dibujarlo.