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Ding…
Recibí otra notificación en mi celular, una más en un día particularmente bullicioso: mi cumpleaños.
Debo decir que me siento demasiado agradecida por sus mensajes de felicitación.
Pues sí, este pasado 17 de abril cumplí un año más, 65 para ser exacta.
En este caso, el “ding” venía con una fotografía antigua.
Tres niñas, la del medio era yo, sentadas en un banquito soleado, sosteniendo con orgullo tremendas barquillas sobre las cuales se posaban unas soberanas bolas de helado.
Fresa, chocolate y vainilla.
Fue un momento digno de Dorian Gray, más bien una epifanía sobre eso que llaman el secreto de la juventud.
Hoy en día pulula a nuestro alrededor esa obsesión por mantenerse joven: bótox, cirugías, cremas, aceites y otros menjurjes.
Pero al final, el tiempo, el implacable, como dice la canción, siempre hace de las suyas y más vale aceptarlo con alegría.
Volví a la foto: tres almas despreocupadas, sonriendo y deleitándose.
Al comienzo dije que era una fotografía antigua y no les mentí.
Yo, la sexagenaria, en el medio, y a mi lado mis dos bellas amigas, nonagenaria y octogenaria respectivamente. Ellas gentilmente me invitaron a un “brunch” en un restaurant muy tradicional del parque y yo al final las convidé a un helado.
Tres veteranas, tres helados de diferentes sabores: ayer, mañana y hoy.
Tres niñas.
El tiempo se detuvo en nuestros paladares.
Los años se evaporaron en nuestras sonrisas.
Descubrí el secreto de la eterna juventud.
Helado y amistad en cualquier banquito soleado de la vida.
¡Que sean muchos más y que no se noten!