
Abuela y nieta, 1919
Avó e neta, 1919
Fuente: https://www.wikiart.org/
Creo que ya no existe la figura, porque ahora las familias se levantan corriendo para no llegar tarde adonde tengan que ir. Pero cuando yo era pequeña existía “pasar el día”: alguien mayor llegaba a casa, se quedaba a almorzar, dormía la siesta, merendaba y después regresaba. Sin preparativos especiales, pero era sin duda un gran acontecimiento.
En mi familia había un ángel. Se llamaba Yeyé y desde siempre fue viejita: ojos claros, voz muy suave. Llegaba con su carterita negra y de algún bolsillo sacaba invariablemente un caramelo o una estampita. Contaba despacio, como si las palabras tampoco tuvieran apuro, y uno podía escucharla sin saber bien de qué hablaba y aun así sentirse acompañado. Al final de la tarde, después de un día maravilloso, pedía insistentemente que la devolvieran a su casa.
Otra modalidad era la de la costurera que iba por el día. Mi mamá tenía una amiga que recibía una costurera con su canasta de mimbre llena de hilos, el dedal ya puesto, y se instalaba en el cuarto de costura como si siempre hubiera pertenecido allí. Trabajaba en silencio, con una concentración tranquila, y su presencia le daba a la casa un aire de tiempo bien usado.
Era la época en que las casas se vivían de mañana, tarde y noche. No eran sitios dormitorio, sino lugares donde se podía estar. Donde el tiempo no corría sino que pasaba, que es distinto.
Las casas eran para eso: para abrirlas, para recibir y ser recibido, sin necesidad de preparativos especiales. Me pregunto qué perdimos cuando perdimos esa costumbre. O mejor: qué ganamos a cambio, y si valió la pena.