
Imagen generada por la IA
Las mulas llegaron solas al caserío. Conocían el camino de tanto recorrerlo junto a su amo. Al principio la gente se extrañó; después, al verlas sin el comerciante, la inquietud dio paso a la alarma. Se organizó de inmediato una partida de búsqueda que decidió seguir el mismo sendero por donde habían regresado los animales.
Todos conocían a aquel comerciante honrado que iba y venía de pueblo en pueblo con su recua de mulas, recorriendo la costa para vender mercancías. Algunas eran importadas: finos algodones, sedas y linos. Otras las adquiría en el campo y luego las revendía en los caseríos. No vivía allí; era un hombre de caminos.
Había una trocha que atravesaba la tierra árida y reseca, uniendo el caserío con el pueblo más cercano. En un recodo del camino lo encontraron tendido sobre el polvo, despojado de todas sus pertenencias. Le habían disparado.
El jefe de la aldea decidió enterrarlo allí mismo. Envió a varios hombres en busca de picos y palas para cavar la tumba del conocido comerciante. Cuando la familia se enteró, meses después, prefirió dejarlo descansar en aquel lugar.
Casi un año más tarde resolvieron exhumar sus restos para llevarlos al cementerio del pueblo donde había vivido. Familiares y amigos asistieron a la ceremonia. Uno de ellos pronunció unas palabras junto a la sepultura y, entre otras cosas, dijo:
—Más temprano que tarde haremos pagar a quienes cometieron este crimen.
Ese mismo hombre era quien, desde hacía algún tiempo, acudía casi todos los días a encender una vela en la improvisada tumba de la montaña. Cuando exhumaron los restos, tomó para sí la última falange del dedo meñique de la mano izquierda del difunto.
El pacto estaba hecho.
Con el tiempo dejó de ser un humilde pescador artesanal para convertirse en un hacendado querido y respetado. Cualquier negocio que emprendía prosperaba.
No tardó en correr la voz de que aquel hombre estaba protegido por el muerto.
En cierta ocasión, otro pescador le robó una de sus nasas cargadas de pescado. Al enterarse, salió a la calle y gritó con todas sus fuerzas, procurando que todo el pueblo lo escuchara y repitiera sus palabras:
—El que se robó las nasas va a arrepentirse. Esas eran de Cayetanito, y ya se las encomendé a él para que aparezcan.
Al tercer día se presentó ante su casa un hombre consumido por la fiebre, envuelto en un trapo que alguna vez había sido una cobija.
—Perdóname —dijo con la voz quebrada—. Yo fui quien se llevó las nasas.
El hombre lo miró sin alterarse.
—Yo no tengo nada que perdonarte. Esas nasas eran de Cayetanito.
Ocho días después, el pueblo entero supo de la muerte del ladrón.