
Tangotee, 1919-1921
Fuente: https://pt.wikipedia.org/
Hay entrevistas que preferiría no haber hecho, pero el trabajo me impide ser selectivo, por lo cual a veces me harto. Salí de la lujosa oficina buscando sol y aire y algo que me borrara la memoria y, en un instante mágico, me llegó un mensaje de Manolo ordenándome que nos encontráramos en la Sala Strauss si quería alegrar mi vida.
Llegué con algo de retraso y apenas Manolo me vio, me arrastró a la sala casi llena. Había una exhibición de baile de tango. Yo no bailo, pero me gusta ver bailar y Manolo sabe eso, de manera que me dispuse a disfrutar del espectáculo.
No sé por qué me gusta el tango, no tengo sangre argentina y prefiero el pescado a la carne, pero siempre me ha seducido la sensualidad de su música, la poesía de sus letras y el deseo que rige sus pasos de baile. Desde la primera pareja, gocé de verlos retarse, perseguirse, huirse y encontrarse en una sucesión de giros y pausas dramáticas. La mujer, enfundada en un ajustado traje, se abre y rasguña con la punta del pie el suelo en un amplio círculo y el hombre aprovecha y entra por esa puerta abierta que rápidamente se muda unos pasos más allá donde la mujer teme y llama al mismo tiempo. El hombre la alcanza y ella enrosca su pierna como una serpiente voraz, pero rápidamente lo libera, mientras el abrazo se ha encajado más y el hombre no quiere escapar, al contrario, quiere traerla a ella a su prisión y pagar juntos la condena antes de que la música calle y tengan que separarse para saludar al público.
Camino a casa, Manolo se empeñaba en que yo viera las diferencias entre el Vals y el Tango.
─ El Tango es el Vals de la calle ─ me decía ─ lo que el Vals tiene de etéreo y fluido, en el Tango es carne y drama. El Vals susurra, el Tango exige…
Dijo muchas cosas más, tantas que no podía contestarle. Además, quería sacarme de adentro algo que simbolizaba la circularidad de las cosas. Le conté cómo mi entrevista mañanera fue con alguien que justificaba todos sus actos con que “a veces hay que bailar con el diablo”. Sus delitos y horrores quedaban así santificados. Y ¿qué casualidad? al final del día, el baile se me presentaba de nuevo, pero esta vez como un salvavidas con cara amable.
─ ¿Has oído alguna vez lo que dijo Baudelaire sobre que el mayor truco del Diablo es convencernos de que no existe? ─ me preguntó Manolo.
─ Muchas veces.
─ Bueno, el mayor truco del Diablo para los que bailan con él es que no se dan cuenta de que están aprendiendo sus pasos.
Y siguió hablando del Tango.