Hay eventos que nos recuerdan, de la manera más brusca, lo frágiles y vulnerables que somos. Bastan unos segundos para que la rutina se detenga por completo, las preocupaciones cotidianas pierdan su peso y la vida misma adquiera una dimensión diferente. Esta semana a los venezolanos nos estremeció la fuerza de la naturaleza y hoy, mientras se evalúan los daños y se asimila el impacto, intentamos recuperar la calma después de una de las jornadas más difíciles que nos ha tocado vivir, o revivir, para quienes fuimos testigos del terremoto de 1967.
Pero en medio de la incertidumbre, emerge con fuerza lo más valioso que tenemos: nosotros. Esa gente que verdaderamente cuenta y que, sin pensarlo dos veces, le extiende a todos su ayuda: la mano dispuesta para levantar un escombro o la llamada a tiempo para confirmar que un ser querido está bien.
Resulta conmovedor ver cómo se activa la solidaridad, derribando cualquier frontera. Dentro de Venezuela, los vecinos se vuelven rescatistas y los ciudadanos anónimos se convierten en el sostén del otro. Desde otros países, la distancia no impide hacerse presentes; quienes están lejos demuestran que el corazón sigue latiendo por el mismo país, buscando activamente la forma de aliviar las necesidades de quienes lo han perdido todo.
Volver a la normalidad llevará tiempo. Habrá que reconstruir espacios, sanar heridas y acompañar de cerca a las familias en su duelo. Pero si algo hemos demostrado, una y otra vez, es que ante las mayores dificultades siempre logramos salir adelante, levantarnos y ayudarnos mutuamente.
Hoy, desde Atril.press, los pensamientos y oraciones están con quienes sufren y con quienes trabajan sin descanso entre los escombros. Que este sea un momento para permanecer unidos en lo esencial, para agradecer por cada vida preservada y para recordar que, a pesar de los momentos de calamidad y tribulación, la esperanza siempre encuentra la manera de renacer.
La gente que cuenta

Nenúfares, (1897-1899)