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Gente que Cuenta

Los huertos, por Luis Ascanio

Los huertos Atril press
“La tierra también enseña a compartir…”
Imagen generada por la IA

Durante dos años intenté ser hortelano.

Cultivé un pequeño huerto junto a la ribera del río Carrión, detrás de la iglesia de Belén, en Carrión de los Condes. Descubrí muy pronto que la tierra no entiende de buenas intenciones. Exige observación, paciencia y una dedicación que difícilmente puede improvisarse. Comprendí también que no podía ser hostelero y hortelano al mismo tiempo. Ambos oficios reclaman la misma entrega.

Abandoné el huerto sin sentir que había fracasado. Simplemente entendí cuál era mi lugar.

Sin embargo, la tierra siguió enseñándome.

Cada verano llegan a la Taberna del Peregrino bolsas con tomates, calabacines, pepinos, cebollas, manzanas reinetas, ciruelas, nueces o huevos. Son regalos de vecinos y amigos que sí aprendieron el oficio de cultivar. Nunca llegan con solemnidad. Aparecen con la naturalidad de quien comparte aquello que la tierra le ha ofrecido con generosidad.

Entonces sucede algo hermoso.

Nadie quiere que semejantes regalos se pierdan. Los tomates terminan convertidos en salsa; las ciruelas, en mermelada; las nueces esperan el otoño; los calabacines inspiran un plato nuevo. Cocinar deja de ser únicamente una necesidad para convertirse en una forma de gratitud.

A veces imagino que así comenzaron los primeros pueblos. Cuando la tierra ofrecía más de lo que una familia podía consumir, compartir dejó de ser una virtud para convertirse en una necesidad. Quizá la agricultura no solo produjo alimentos. También cultivó la generosidad.

Nunca llegué a ser hortelano. Pero la tierra me enseñó una lección que todavía intento practicar detrás de la barra de mi taberna: los mejores frutos casi siempre terminan en la mesa de otro.

Carpaccio de calabacín del huerto

Lava bien un calabacín tierno y córtalo en rodajas muy finas. Colócalas, sin superponerlas, sobre una fuente amplia.

Ralla un tomate maduro y mézclalo con tres cucharadas de aceite de oliva virgen extra, un diente de ajo finamente triturado, una cucharada de miel pura, una cucharadita de vinagre (de vino, manzana o arroz), pimienta negra recién molida, una pizca de sal gruesa y un poco de orégano.

Baña con este aliño todas las rodajas de calabacín y termina el plato con unas lascas de queso de oveja semicurado.

No necesita nada más.

Porque cuando el huerto habla, el mejor cocinero es el que sabe escuchar.

Luis Ascanio Atril press e1772231196928
Luis Eduardo Ascanio Cordero (Aguademaíz) es cocinero y autor venezolano residente en Carrión de los Condes (Palencia, España), donde dirige la Taberna del Peregrino. Su trabajo une gastronomía, pensamiento y hospitalidad, entendiendo la cocina como un acto ético de cuidado y encuentro humano. Escribe en los blogs Aguademaíz y Nubes de Atenas, espacios donde reflexiona sobre memoria, migración y tradición desde la experiencia cotidiana. aguademaiz@gmail.com

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