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Navegando por internet uno se encuentra cosas que demuestran que la imaginación humana como que no tiene límites. Por ejemplo, el «comepecados».
El nombre parece inventado por alguien con hambre y problemas teológicos. Pero no: fue una figura real de Inglaterra y Gales, documentada desde el siglo XVII. Su trabajo consistía en comerse los pecados de los muertos. Sí. Comérselos.
Cuando alguien fallecía, podían llamar a un hombre para que recibiera pan, cerveza y unas monedas y, después de una oración, se comiera simbólicamente los pecados del difunto. Era una especie de gestor de culpas a domicilio. El muerto descansaba, la familia quedaba tranquila y el comepecados se marchaba con el estómago lleno y el alma cargada con las faltas ajenas. Un negocio bastante malo: después nadie quería tenerlo cerca. Siempre hay gente malagradecida.
La idea de echarle los pecados a otro tampoco era nueva. En el Antiguo Testamento aparece el chivo expiatorio: durante el Día de la Expiación, las culpas del pueblo eran depositadas sobre un macho cabrío que luego era enviado al desierto. Pero hay una diferencia: el chivo se llevaba los pecados. El inglés se los comía.
Y mientras unos comían pecados, las indulgencias llegaron a relacionarse con dinero en la Europa cristiana. La Iglesia terminó prohibiendo los abusos económicos asociados a ellas.
Definitivamente, nuestros antepasados eran prácticos: si había un problema, así fuera espiritual, aparecía alguien dispuesto a manejarlo.
El último comepecados conocido de Inglaterra fue Richard Munslow, un agricultor de Shropshire que murió en 1906. No era un marginado, sino un hombre respetable. Había perdido cuatro hijos, tres durante una epidemia de escarlatina. Nunca se supo qué lo llevó a asumir aquella tradición.
Y aquí termina la gracia. Porque podemos reírnos del comepecados y del chivo expiatorio, pero en el fondo, a todos nos gustaría encontrar a alguien que cargara con aquello que hicimos mal. Antes buscábamos un comepecados. Hoy tenemos excusas, explicaciones, terapeutas y, en casos extremos, al culpable de turno. Hasta iguanas…
Lo cierto es que hay una factura que nadie puede pagar por nosotros. Podemos comprender y perdonar nuestras culpas, pero no contratar a otro para cargar con nuestra conciencia.