
Rosas amarillas, s/f
Fuente: https://www.wikiart.org/
La gente en Portugal no deja de sorprender. Vean si no.
En el piso de abajo vive una señora cuyo hijo trabaja en una panadería. Hace un tiempo, un día me tocó la puerta con una bandeja de trozos de torta, bizcochos, merengues, esas cosas. Me explicó que se la había traído su hijo, pero que por ser diabética no podía comer nada de aquello. Fue un regalo más que bienvenido, claro.
Al día siguiente me fui al chino y le compré un ramo de rosas amarillas de esas que tienes que palpar con los dedos varias veces para convencerte de que no son reales. Las envolví en papel de seda y se las llevé a su casa.
Quedó en eso: amable ella, amable yo.
Resulta que hace unos días me llegó por el WhatsApp de su hijo una foto con las flores en un sitio de honor en la sala de la casa. “Aquí le manda mi mamá”, decía la leyenda.
Ahí me metí por la calle de la gratitud. Veamos: que levante la mano al que no le preguntaron: “¿qué se dice?” durante su infancia. Y hay más: que la vuelva a levantar el que no le repitió la misma pregunta a sus hijos para que a su vez ellos aprendieran.
Parecería que nos enseñaron y les enseñamos una manera de ser cortés, como pedir por favor, o disculparse, otras preguntas del repertorio de educación infantil. Pero resulta que va mucho más allá.
En lo personal, aquella bandeja de dulces me hizo sentir la persona más importante del edificio. No somos muchos, pero igual. De todas las puertas posibles tocó la mía, lo cual me hizo sentir definitivamente bien. Pero pedirle a su hijo que me mandara la foto excedió con creces cualquier esquema de gratitud.
Definitivamente, se trata de una gente especial. No porque sean educados, sino porque van más allá de lo estrictamente necesario. Portugal no se cansa de confirmarnos lo acertado de nuestra decisión de mudarnos para acá.