
Niños jugando en la Rue Caulaincourt, c.1907 – 1914
Fuente: https://www.meisterdrucke.uk/
¿Sabes cómo llegó Emilia Vargas a trabajar con nosotros? Pues simplemente un día tocó la puerta con Carlos Alfredo de cuatro meses en los brazos, preguntando si no necesitaban servicio. Mi mamá, que acababa de regresar de la clínica conmigo recién nacida, le dio lástima esa pobre mujer con ese bebé tan chiquito y, como necesitaba ayuda, le dijo que sí y la contrató en el acto.
Lolo, como llamábamos a Carlos Alfredo, era negrito como un carbón, y mi papá decía que él tenía su familia blanca y su familia negra, porque después de él nacieron Margarita y Jesús Alberto, que también se criaron en nuestra casa.
Ahora, lo máximo fue cuando comencé cuarto grado, que me dejaron regresarme sola del colegio. Como vivía cerquita, me podía venir caminando y ya no hacía falta que Emilia me fuera a buscar.
Así que, en la salida, cuando la del micrófono decía: «Camionetas particulares, alumnas que se van solas», agarraba mi bulto y salía. Me sentía la más importante de mis compañeras, que tenían que esperarse pacientemente a que las vinieran a buscar, porque vivían más lejos.
Por esa época, el garaje de mi casa y el de todas las casas de nuestra calle, que era ciega, solo se cerraba en la nochecita, cuando llegaba mi papá y nos llamaban para que entráramos a hacer la tarea, bañarnos y comer. De resto, desde que llegábamos del colegio, salíamos todos los de la calle a montar bicicleta, patines, jugar escondite, meternos en una de las casas a merendar; en fin, zona libre y sin miedos, viviendo una infancia que si se ponen a ver fue bien divertida.