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Gente que Cuenta

El sendero II,
por Harold Vas

Alce Atril press
“Seguí cuidando de lo que todavía estaba vivo…”
Imagen generada por la IA

El sendero I

Seguimos las pasarelas que atravesaban la cuenca termal. Bajo nuestros pies, la tierra borboteaba. Había pozas de un azul imposible, costras blancas y franjas amarillas, verdes y anaranjadas que se extendían sobre el suelo como si alguien hubiera derramado una caja de pinturas.

El olor a azufre aparecía y desaparecía con el viento.

Los niños avanzaban deprisa, deteniéndose ante cada surtidor y cada charco humeante. A veces el vapor los ocultaba por completo y solo podía escuchar sus voces al otro lado de aquella nube tibia. Después reaparecían unos metros más adelante, como si el paisaje los hubiera devuelto.

Poco a poco dejamos atrás las aguas termales y entramos en una zona más húmeda, cubierta de sauces y hierba alta. Un arroyo estrecho corría entre los árboles.

Allí vimos al alce.

Era uno de esos grandes alces que en aquellas tierras llaman moose. Permanecía dentro del agua, arrancando lentamente las hojas de un arbusto. Una de sus astas estaba rota y una cicatriz oscura le recorría el costado.

Nos detuvimos a una distancia prudente. Mi familia continuó después por el sendero, pero yo permanecí unos instantes observándolo.

—Todos miráis primero la cicatriz —dijo el alce sin levantar la cabeza.

Ya no me sorprendió tanto que hablara.

—Parece profunda.

—Lo fue.

—¿Todavía te duele?

El alce dejó de comer y movió una oreja hacia mí.

—Algunos días.

—Entonces no ha sanado.

—Ha sanado lo suficiente para que pueda beber, atravesar el bosque y buscar alimento. No todas las heridas desaparecen.

Salió del arroyo con lentitud. El agua cayó de sus patas formando pequeños círculos sobre la superficie.

—Durante mucho tiempo —continuó— cambiaba de dirección cada vez que algo rozaba mi costado. Terminé creyendo que todo el bosque estaba hecho para herirme.

—¿Y qué hiciste?

—Seguí cuidando de lo que todavía estaba vivo.

El alce miró hacia los sauces.

—Esta herida no escondía ninguna enseñanza. Tampoco me convirtió en un animal mejor. Solo dolía. Lo que cambió fue que dejé de exigirle que desapareciera antes de volver a vivir.

—Pero continúa formando parte de ti.

—Sí. Forma parte de mí, pero ya no elige todos mis caminos.

El alce se internó entre los sauces. Durante unos segundos pude seguir el movimiento de sus astas sobre la vegetación. Después el bosque lo cubrió por completo.

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Harold Vas Behrens explora en sus ensayos aquellos detalles de la vida cotidiana que suelen quedar fuera del foco: gestos, ideas, hábitos y palabras que damos por asumidos sin detenernos a mirarlos. Desde una mirada entre la observación, la comunicación y el pensamiento simbólico, busca abrir nuevas perspectivas sobre lo común. Su experiencia en agencias de publicidad, comunicación corporativa y producción audiovisual le ha dado una especial atención al lenguaje, la imagen y la forma en que los relatos moldean nuestra manera de entender el mundo. www.haroldvas.com

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