
Hay personas que, al ganarse un premio, ya sea en la lotería o en cualquier tipo de sorteo, comienzan inmediatamente a hacer planes: cambiar de casa, viajar, comprar un automóvil nuevo, darse algún lujo, etcétera.
Hablamos, por supuesto, de premios en moneda local. Pero si el premio está expresado en dólares estadounidenses, las expectativas aumentan y, naturalmente, también el presupuesto de los gastos.
El problema es que, una vez cobrado el premio, a veces el monto resulta tan decepcionante que no alcanza ni siquiera para un paseo en bicicleta.
Algo parecido le ocurrió a mi abuelo con un cuadro de caballos del juego del Cinco y Seis. Acertó los cinco caballos y, sin embargo, el premio fue insignificante.
Claro que para ganar hay que jugar. Pero ganarse un premio sin estar jugando es, sin duda, lo máximo.
Mi mujer y yo acostumbrábamos a viajar fuera del país acompañados por una hermana de ella y su esposo, quienes podrían ser calificados, sin demasiado esfuerzo, de ludópatas. En cada ciudad a la que llegábamos, la visita a un casino donde lo hubiera era prácticamente obligatoria.
En uno de ellos, al entrar, nos entregaron unos boletos. Uno de los míos resultó sorteado. El premio consistía en escoger una de cuatro cajas colocadas en el auditorio, cada una con una cantidad de dinero diferente, por supuesto, oculta a nuestros ojos.
Elegí una.
No contenía el premio mayor, pero tampoco el menor.
Había ganado sin jugar.
En otra oportunidad, haciendo mercado en un supermercado de Mérida, metimos en el carrito una pequeña caja de queso crema Philadelphia, de Kraft.
Cuál no sería nuestra sorpresa —y nuestra alegría— cuando, al destaparla, encontramos en su interior un ticket. Al revisarlo descubrimos que era el boleto ganador de un premio en dólares.
Bueno, nos volvimos locos.
Comenzamos a hacer planes de inmediato: vacaciones fuera del país, gastos pendientes y unas cuantas fantasías más que, de repente, parecían perfectamente posibles.
Coincidentemente, mi hija menor tenía planificado viajar a Estados Unidos, invitada por una amiguita del colegio que tenía una hermana viviendo allá. Viajaría con la niña y sus padres.
Por supuesto, se llevó el ticket para cobrar el premio.
Al llegar, hicieron las diligencias correspondientes por teléfono, llamando al número que aparecía impreso en el boleto.
La respuesta fue catastrófica.
Rompió nuestras ilusiones y despertó, de golpe, nuestros sueños.
El ticket correspondía a una promoción pasada.
Había caducado.
El premio estaba allí, impreso en nuestras manos, pero ya no existía.
Y así aprendimos que también se puede ganar un premio… y perderlo sin haber tenido siquiera la oportunidad de gastarlo.