
Imagen generada por la IA
Cuando uno oye hablar de una bruja, de inmediato imagina la figura que primero nos vendieron los cuentos infantiles y después la televisión: una anciana de rostro arrugado, cubierta de verrugas, envuelta en harapos negros y rodeada de toda clase de objetos misteriosos, entre los que nunca faltan un caldero humeante, un cuervo y una culebra.
Un familiar me pidió un día que lo acompañara a visitar a su bruja. Según él, aquella mujer poseía poderes extraordinarios: podía escudriñar el pasado y predecir el futuro con absoluta precisión.
Llegamos a una casa de una urbanización popular en los llanos venezolanos. Era una vivienda pequeña, pero cómoda, igual a tantas construidas por los programas gubernamentales. Aquella fue mi primera decepción.
Yo había imaginado que tendríamos que internarnos en el monte, cruzar un río y llegar, después de un largo recorrido, a una choza solitaria levantada en medio de una sabana seca y polvorienta, tan aislada que ni la luz del sol pareciera atreverse a entrar.
Apenas nos acercamos, la dueña de la casa salió a recibirnos. Mi segunda decepción fue aún mayor. No era una anciana. Apenas tendría poco más de treinta años. Era una mujer atractiva, de aspecto agradable y vestida con sencillez, pero con buen gusto. Nada en ella recordaba a la imagen tradicional de una hechicera.
Recibió primero a mi acompañante. En aquel momento atravesaba una grave crisis matrimonial. Su esposa era una mujer muy conflictiva; ya se habían separado, aunque tenían dos hijos profundamente unidos a su padre.
Después de escuchar su relato y realizar sus misteriosos rituales, la vidente fue categórica: debía regresar con su esposa. También le prohibió casarse con la joven de la que se había enamorado recientemente.
—No lo haga —le advirtió con absoluta seguridad—. Si se casa con esa mujer, le irá muy mal.
Mi amigo ignoró ambas recomendaciones. No regresó con su primera esposa y, tiempo después, contrajo matrimonio con aquella joven de la que estaba enamorado.
No sé qué esperaba mi amigo de esa consulta espiritual si la ratificación de su decisión de separarse de la primera esposa o continuar sin sentimientos de culpa por la separación de su esposa.
Al parecer fue otro triunfo de la racionalidad y el amor sobre la superstición.