
El filósofo (detalle)
Fuente: https://www.wikiart.org/
Una amiga compró una Mac de último modelo. Llegó a su casa, abrió la caja con esa devoción moderna que antes se reservaba para ciertos libros, y pulsó el botón de encendido. Nada ocurrió. La máquina permaneció muda.
Volvió a la tienda y la reemplazaron por otra idéntica: mismo modelo, mismo diseño, misma perfección industrial. Esta vez funcionó impecablemente.
La anécdota es trivial; precisamente por eso resulta filosófica.
Dos objetos virtualmente iguales producen conductas opuestas. Y el entendimiento humano se apresura a concluir: si una funciona y la otra no, alguna diferencia debe existir. Invisible quizá. Microscópica. Pero necesaria.
Nos resistimos a creer en diferencias sin causa.
Ahora bien: si aceptamos esto con naturalidad en una máquina, ¿cómo no admitirlo en los seres humanos?
Cada persona es una compleja conspiración de recuerdos, heridas, miedos, azares y aprendizajes. Sin embargo, seguimos juzgando al prójimo como si todos compartiéramos idéntico “cableado interno”. Repetimos frases como: “yo, en su lugar, habría actuado distinto”.
La frase encierra una ingenuidad profunda.
Porque nadie está realmente en el lugar del otro. Apenas vemos la superficie de una arquitectura interior que ignoramos casi por completo.
Tal vez la comprensión sea una virtud más difícil que la inteligencia. Comprender exige aceptar que detrás de conductas que nos desconciertan puede existir un orden invisible, tan secreto como la mínima falla que condenó a aquella primera computadora al silencio.
Ser comprensivos no implica justificarlo todo. Implica reconocer humildemente que desconocemos el misterioso mecanismo interno de los demás.
artrbd.shop@gmail.com