La mínima diferencia, por Ricardo Báez
Una amiga compró una Mac de último modelo. Llegó a su casa, abrió la caja con esa devoción moderna que antes se reservaba para ciertos libros, y pulsó el botón de encendido. Nada ocurrió. La máquina permaneció muda.
Volvió a la tienda y la reemplazaron por otra idéntica: mismo modelo, mismo diseño, misma perfección industrial. Esta vez funcionó impecablemente.
La anécdota es trivial; precisamente por eso resulta filosófica.
Dos objetos virtualmente iguales producen conductas opuestas. Y el entendimiento humano se apresura a concluir: si una funciona y la otra no, alguna diferencia debe existir. Invisible quizá. Microscópica. Pero necesaria.
Nos resistimos a creer en diferencias sin causa.
Ahora bien: si aceptamos esto con naturalidad en una máquina, ¿cómo no admitirlo en los...

