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En medio de la algarabía, el dueño de casa le quita de las manos el micrófono al cantante de la orquesta y grita:
– Un momento, un momento… aquí pasa algo.
Cesa toda música y todo movimiento de parte de las parejas que estaban en la pista.
– Al parecer, hay unos cuantos colados que no fueron invitados – continúa el jefe de familia–… A ver, los familiares de la novia se ponen hacia este lado…
Y un grupo de personas se alinea hacia la izquierda.
– Y los familiares del novio de este lado…
Y otro grupo hacia la derecha.
– Ahora se salen todos, porque esto es una fiesta de cumpleaños.
Más o menos esta es la impresión que me da, todos los días, cuando entro en mis cuentas de Facebook, Instagram o X: un montón de personas a las que no conozco, que no recuerdo haber solicitado en contacto, etc.
Es como si hiciera una fiesta en mi casa y no estuviera ninguno de mis amigos o conocidos, sino puros extraños. Y la verdad, pues, ya la cosa cansa con tanto anuncio, tantas sugerencias de unirme a grupos, de seguir a personas famosas (o no tanto), cuyas vidas no me interesan.
Y de nada vale que haga clic miles de veces en las opciones “no quiero ver esto”, “no me interesa”; el algoritmo sigue sugiriéndome o, peor aún, mostrándome lo que no deseo ver. De mis amigos verdaderos no sé mucho, sino de tarde en tarde.
Recientemente le hicieron un juicio a Meta, empresa propietaria de las plataformas de Facebook, Instagram, WhatsApp, etc., debido a que sus diseños generan adicción en los adolescentes. Y perdieron el juicio, por lo que ahora deberán pagar una indemnización. Digo yo, ahora, ¿no podremos los usuarios perjudicados por este sistema perverso demandarlos, por hacernos perder tanto tiempo?
Hablar con el primero que pase por el frente de mi casa, o con el que va al lado en el autobús, o el que viene detrás en la fila del banco, es prácticamente lo mismo que estar en las redes sociales. Facebook quiere obligarme a hacer lo contrario de lo que me aconsejaban mis padres: me obliga a hablar con extraños.