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En mi infancia el aceite de oliva era algo especial. No estaba en todas las casas. Donde lo había, “se comía mejor”, “había con qué”, se dice allá en mi tierra.
Lo recuerdo en una lata: Aceite de Oliva El Gallo. En mi casa no era de uso cotidiano, sino casi medicinal. Mi madre nos daba una cucharada cuando nos dolía el estómago, mezclada con sal, ajo machacado, orégano fresco y zumo de limón. Aquello era intenso, pero a mí me gustó desde la primera vez. Había algo profundo en ese sabor que se quedó conmigo.
Con los años volví a encontrarlo en otros lugares: en la pizza, en las aceitunas, en los tomates con ajo. Pero seguía siendo un producto distante, difícil de conseguir con certeza. En Venezuela, el aceite de oliva era un lujo que se buscaba con cuidado y cierta desconfianza.
Aquí, en España, cambió todo. Desde que llegué, el aceite de oliva virgen extra forma parte de la vida cotidiana. Aprendí a distinguirlo, a reconocer sus matices, a identificar sus variedades según la semilla, a entender que no todos los aceites son lo mismo. Que hay procesos, variedades, tiempos y cuidados que hacen la diferencia.
Pero el verdadero encuentro no fue en una cocina. Fue caminando por Montserrat.
Allí vi por primera vez el olivo de cerca. Sus hojas, sus flores, el olor discreto que desprende. Recogí algunas semillas, las llevé conmigo, las conservé en aceite con hierbas. Aún hoy guardo un frasco.
A veces lo abro. Y vuelvo.
No al recuerdo, sino a la sensación de haber entendido algo sencillo: que hay alimentos que no solo se consumen, sino que acompañan toda la vida. A veces de forma oculta, como dentro de una lata; y otras, iluminando de pronto todos tus días. El aceite de oliva es uno de ellos.
Gestos sencillos:
Pan fresco en rebanadas, un poco de aceite de oliva virgen extra y sal.
Otro, incomparable: pa amb tomàquet o pantumaca.
Pan apenas tostado, restregar ajo directamente sobre la miga caliente y tomate de rama maduro; al final, una pizca de sal gruesa y aceite de oliva virgen extra.
Nada más. Y, sin embargo, todo está allí.
Notas de cocina honesta:
No todo aceite es igual.
El virgen extra conserva lo esencial.
No lo calientes en exceso.
Y si puedes, pruébalo solo.