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Según una teoría que yo inventé, los trabajos se dividen en dos grandes grupos:
– Los no invasivos: son aquellos que cumples en un lugar y tiempo determinados y que, una vez que culmina dicho período o te vas de dicho lugar, cesando todo contacto con el mismo. Por ejemplo, el agricultor no puede llevarse la siembra a casa; del mismo modo que el albañil no puede terminar de armar la pared en su hogar mientras mira la televisión.
– Y los invasivos: llámanse así a aquellos que te persiguen en donde estés; es decir, cuando sales de tu lugar de trabajo o estás fuera de tu horario y todavía debes llevarte parte del mismo a tu casa, ya sea porque tienes tareas, o porque los jefes te llaman, debes realizar alguna formación en línea o presencial, ir a una reunión y etcétera.
Por supuesto, hay unos más invasivos que otros. Y las nuevas modalidades de teletrabajo, esas que se realizan en el hogar, son totalmente invasivas, hasta el punto que ya uno no distingue la diferencia entre estar en casa y estar trabajando. Adentro es afuera. Lo peor es que tampoco distingues las horas de descanso. O ya no existen. Descanso es trabajo.
Lamentablemente, yo solo he tenido trabajos invasivos. No he conocido la dicha del mecánico de enfrente, que baja la Santamaría de su taller y no vuelve a ver los carros que está reparando sino hasta el día siguiente; aunque tal vez haya un cliente que lo llame a deshoras.
Toda mi vida he dado clases. Y este es un trabajo invasivo, ya que por cada hora de clase que dictas, hay tres o cuatro más que nadie ve: las de planificar, las de preparar materiales, las de corregir evaluaciones y las de totalizar calificaciones y asistencias.
Y las veces que he tenido otro empleo, ha sido igualmente invasivo. Una vez era asistente de una persona, super emprendedora y dinámica, de esas que nunca ven el reloj ni el calendario. Cualquier domingo a las 8 de la mañana ya me estaba llamando para preguntarme por algo. O cualquier sábado a las 9 de la noche. Lo mismo le daba.
Yo dudaba y al final atendía el teléfono, entre el temor y la incomodidad. Me sentía como una farmacia de turno, que debía estar siempre disponible. Y sé que a muchos de ustedes les pasa lo mismo. Y tal vez se habrán preguntado, como yo lo hago, si no eran más libres los esclavos en la antigüedad.