
Imagen generada por la IA
Se sentó cerca de mi mesa con una quietud resuelta. Sus ojos azules, aunque cansados, llevaban una neblina de desenfoque, como si miraran hacia adentro. Me presenté, y él, con una elegancia sencilla, dijo llamarse Manuel.
A los 79 años, la vida de Manuel era un mapa de ausencias y presencias. Tuvo dos hijos; uno de ellos se fue demasiado pronto, a los cinco años, en un accidente. El otro creció y le dio un nieto, hoy con 29 años, su único heredero de historias. Hijo de agricultores, Manuel cambió la tierra por el uniforme cuando fue enviado a Angola.
Allí, su arma era la comunicación. Al notar un anuncio de la cerveza BOCK sobre mi mesa, sus ojos brillaron por un instante.
—Si yo tuviera que transmitir esto —explicó— diría: Bravo, Oscar, Charlie, King. Y lo entenderían, como si fuera magia.
Después de la guerra, Manuel fue un caminante profesional: trató aguas, condujo taxis, se ocupó en mil funciones, pero sentía que nunca encajaba de verdad. De la guerra no extrañaba el conflicto, sino la camaradería. De los 600 hombres de su batallón, 50 todavía se reúnen cada año en Lisboa, manteniendo vivo un pacto sellado en 1975.
El silencio volvió a reinar y su mirada se perdió nuevamente. Le pregunté si pensaba en los buenos momentos. Respondió rápido:
—Hay mucho que recordar, incluso el miedo constante que sentíamos allá.
Manuel no se arrepentía de nada, excepto de la existencia de la propia guerra. Sin embargo, al observar el mundo allá afuera, soltó un veredicto: creía que la juventud de hoy necesitaba más obediencia y respeto. Para él, el ejército todavía era el lugar donde se aprendía el valor de un hombre frente a otro.