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De vez en cuando hago una limpieza “histórica” de mi pequeño apartamento, una limpieza en la que detecto infinidad de cosas que he ido acumulando porque creo que en algún momento las voy a usar. Descubro que ni las he usado, ni las voy a usar y me deshago de ellas, no sin cierta nostalgia, por supuesto.
Ayer dediqué mi día libre a la limpieza histórica de este año, aunque en realidad no la hacía desde hacia tres años. Fui metiendo en una bolsa bolígrafos secos, libros ilegibles, corchos de botellas de vino que supuestamente debían recordarme alguna ocasión especial ya olvidada, cintas de video obsoletas, blocks con anotaciones risibles y todo iba muy bien hasta que llegué a la lámpara.
La había comprado hace dos años, cuando paseando un domingo con Manolo por un cambalache callejero, un vendedor me aseguró que era una lámpara mágica. A pesar de los vaticinios de Manolo, nunca me atreví a frotarla por no experimentar ni la desilusión de que nada pasara ni el terror a que apareciera un genio dispuesto a concederme tres deseos… solo tres.
Detuve la limpieza para reconsiderar qué deseos podría pedirle a un genio y para que el ejercicio fuera más complejo y perder más tiempo, me pregunté qué deseo le dedicaría a alguien que quiero… solo uno.
Lo primero que me vino a la mente fue desearle a alguien salud, porque como dicen todos “si hay salud, lo demás sobra”. Me pareció que eso era cierto, pero no suficiente; es verdad que estarás saludable, pero si no tienes algo más, algo en lo que disfrutar esa salud en algún momento vas a sentir que no estás completo. Me despeñé en el lugar común de desear salud, dinero y amor, pero como me había puesto la condición de desear SOLO UNA COSA, no podía violar mis propias leyes del juego.
Así repasé diferentes posibilidades como: felicidad, calma, plenitud, alegría… la lámpara “mágica” parecía observarme divertida mientras desechaba cada una de mis ideas por vagas o etéreas. Necesitaba algo concreto.
Entonces recordé las palabras que una amiga me dijo en un momento muy difícil para mí y con las que esperaba darme ánimo.
─ Quiero que te rías.
¡Eso era! simplemente eso. De pronto vi con claridad que lo mejor que podía desearle a alguien que quiero es que se ría. Si puede reírse, aunque sea por un instante, será feliz tenga lo que tenga y le falte lo que le falte.
Quizás sea efímera la risa, pero es concreta y maravillosa.