
Luz de luna
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Como dos pájaros de alas rotas, atraviesan las calles adormecidas de la ciudad, que aprovecha para descansar de la feroz agitación de los hombres. Ambos temen que el silencio se rompa y que palabras indomables revelen el dolor que, a cada paso, les aprieta la garganta y casi los asfixia. Amordazan el suspiro, se refugian en los recuerdos. La luna, confidente de los solitarios, los observa y sonríe porque sabe que el muro en el que cada uno de ellos se esconde es tan frágil como su breve existencia. Silenciosos, para no perturbar la vigilancia nocturna de los gatos, cuestionan a las estrellas y el suelo parece flotar.
No muy lejos, el rumor del mar les recuerda el castillo que construían en cuclillas sobre la arena caliente de la playa, y cuando la marea subía despiadadamente y, en rebelión contra la ola, pisaban y repasaban lo que quedaba hasta destruirlo, gritando luego al cielo su incomprensión, mientras el suelo parecía flotar.