
Envidia, 1306
Fuente: https://www.wikiart.org/
La envidia es el único pecado que, por más que se practique con devoción casi monástica, no rinde dividendos. Ni emociona. Apenas estorba, como un mueble feo heredado por compromiso.
Es ese pecado capital que ni para pecado sirve. Uno la mira y no provoca ni cometerla. Es como un aguacate duro: promete, pero no entrega. Es un desperdicio total, como hacer cola para un trámite inútil. La envidia no produce beneficio alguno: ni placer culposo, ni desahogo, ni una anécdota digna de contarse con un café. Nada. Es el único pecado que no deja ni migajas.
La lujuria deja historias sabrosas. La gula regala felicidad grasosa. La pereza es un spa espiritual. La ira alivia. La avaricia llena bolsillos, aunque sea de porquerías. La soberbia infla el ego. Pero la envidia… la envidia es un ventilador dañado: ocupa espacio, hace ruido y no refresca.
Tiene el sabor del agua tibia. No tiene hueso ni carne. Es vapor emocional sin poesía. Y encima es contagiosa, como un bostezo sin ternura. Nadie se ve bien envidiando. Nadie se siente poderoso. Nadie se divierte. Es un figurante que insiste en robar cámara sin tener líneas.
Y lo peor: no se disfruta ni cuando se ejerce ni cuando se supera. Es como pagar por un espectáculo donde todos actúan menos tú, y encima te toca aplaudir. Uno termina frustrado, con la sensación de haber perdido una tarde que pudo dedicarse a cosas más útiles, como reorganizar la gaveta de los cubiertos o aprender a doblar las sábanas esquineras.
Escribir sobre la envidia es casi un acto de caridad: exponerla a ver si se seca y muere. Pero no. Sigue ahí, inútil, insípida, sin gracia. Una nulidad con pretensiones.
Al final, uno entiende que no merece fama. No ilumina, no calienta, no consuela. Es un pecado que ni pecar sabe. Mejor dejarla en su rincón, aburrida y sin oficio, mientras uno se dedica a cosas más útiles, como reírse de ella. Porque si algo la salva —pobrecita— es recordarnos que hay sentimientos que no valen ni el esfuerzo de sentirlos.