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Los domingos solemos almorzar todos juntos. Uno de esos domingos sentados a la mesa: mi esposa, dos de mis hijos y yo, entre el plato principal y el postre, la conversación cambió de rumbo, y de repente estábamos hablando de decisiones.
Y apareció esa idea inquietante: soy capaz de tomar las mías propias. No se dijo así, pero estaba ahí; en la forma en que mis hijos defendían su punto y en la que mi esposa intentaba ofrecer un consejo.
De la memoria llegó una canción: Father and Son. Cat Stevens la escribió en 1970 y la grabó en Tea for the Tillerman. Un padre habla desde la experiencia; un hijo responde desde la urgencia. Ambos tienen razón, y no logran coincidir.
Ante esa conversación imaginaria, no pude evitar conectarla con lo que habíamos conversado, y preguntarme: ¿En qué momento dejaron de necesitar respuestas y comenzaron a construir las suyas?
Dos ideas podrían responder esto: el conflicto generacional y la inevitabilidad del cambio.
Para entenderlo, vale mirar hacia la filosofía. Kierkegaard sostenía que la libertad es también una carga, es responsabilidad y renunciar a la seguridad. Esa tensión late en el hijo que no busca marcharse, sino convertirse en alguien. Erikson, por su parte, explicó que la juventud libra la batalla entre identidad y confusión: el joven necesita explorar y separarse. Por eso este diálogo no es simple rebeldía, sino una escena —aunque dolorosa— del crecimiento humano.
Entonces, leída en profundidad, Father and Son habla de una verdad: amar también significa soltar. Como padre quisieras conservar el vínculo; el hijo necesita transformarlo y convertirse en sí mismo. Por eso la canción conmueve, crecer suele exigir una despedida.
Ese cambio es casi invisible, un día lo enseñas a caminar y otro descubres que quiere elegir su rumbo; y como la vida no se hereda como un consejo, de ello nace cierta distancia.
Y en ella como padres pedimos calma, nuestro hijo reclama espacio; quizás ambos tengan razón, porque todos fuimos esa voz que quería irse y, con el tiempo, nos convertimos en la que aconseja. Y así entiendes algo esencial, no se trata de convencer, sino de acompañar.
Al final volvió a ser domingo. La mesa se recogió, la rutina retomó su lugar y la vida continuó. Pero la letra de la canción permaneció unos días más, y con ella, esa certeza: la canción no termina cuando el hijo se va, sigue sonando en el vacío que él deja.