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Siempre paso por esa calle antes de ir a hacer un poco de ejercicio. Hay un muro alto y gris que, un escalón más abajo, luce una alfombra verde con florecitas azules. La última vez, la planta estaba extendiendo descaradamente un zarcillito, con la intención de ir tomando territorio, como hacen todas las rastreras.
Esa planta, como todas las que tienen flores azules, es una rareza. Las especies con flores de ese color son solo el diez por ciento de las especies verdes. Las azul pálido son mayoría, porque las de un color intenso se lo deben a variaciones en la composición del suelo donde viven.
El pigmento orgánico que las colorea se llama antocianina; del griego, en donde anto significa flor y kyanos, azul oscuro. Es un colorante que se altera en función del sitio donde está. En un medio alcalino se vuelve violeta y en uno ácido, rojizo.
¿Por qué son de ese color? Porque así son más visibles a sus polinizadores y les interesa muchísimo reproducirse. Los insectos ven distinto a nosotros: mientras los fotorreceptores de nuestros ojos son sensibles al rojo, al verde y al azul, a las abejas y abejorros les atrae el verde, el azul y el ultravioleta. Las flores azules les funcionan como un anuncio luminoso. Así que las que habitualmente no lo son, como las rosas, si las encuentras azulísimas en las floristerías o en un vivero es porque les han introducido genes con información proveniente (por ejemplo) de pensamientos o, simplemente, las han teñido.
Cultivar flores azules es un privilegio. La mayoría son fuertes, fáciles de cuidar y, por supuesto, bellas: hortensias, campánulas, campanillas chinas, nenúfares, dalias, hibiscus azules (cayenas en Venezuela), campanillas y vandas, una especie de orquídea. Son resistentes, se consiguen en el mercado de jardinería con facilidad y buenos precios, en semillas o ya crecidas, en maceta.