Gente que Cuenta

Cupones fabulosos,
por José Manuel Peláez

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“Antonia miraba a los otros parroquianos con gesto de “hay que saber hacer las cosas y así se ahorra…”
Imagen generada por la IA


Trato de parecer una persona sociable, pero me sale bastante mal. Siempre recuerdo a Linus, el personaje de Charles Schulz, que decía: “Amo a la Humanidad, es a la gente a la que no soporto”. No idealizo al respecto y sé que se trata de un defecto mío contra el que hay que trabajar. Por eso cuando encontré a la vecina del tercer piso tirada en la entrada del edificio, en medio de un líquido resbaladizo y unas bolsas de mercado, decidí ayudarla a riesgo de que me contara interminablemente lo que le había ocurrido.

A duras penas logré incorporarla, recoger algunas de sus bolsas y llevarla a su apartamento.

─ Es mi tobillo… ¡ay…ay!… los cupones, la culpa es de los cupones.

Examiné su tobillo que comenzaba a hincharse y me di cuenta de que necesitaba atención médica. Ella seguía culpando a los cupones y yo lo atribuía al dolor que seguramente la hacía desvariar. Llamé a emergencias y me aseguraron que llegarían en 13 minutos.

Fueron los 13 minutos más largos de mi vida.

Perdí la cuenta de cuántas veces la señora Antonia, viuda de Fonseca, me contó el desgraciado viacrucis que terminó con ella en el suelo. Ella colecciona cupones de ofertas gratis y ese día, apertrechada con tres de ellos, se dirigió al mercado a reclamar sus premios. En el primero le aseguraban un tubo de pasta de dientes gratis; en el segundo, una barra de pan casero y en el tercero, un pote de detergente con olor a floral. Todo gratis.

Depositados los tres tickets frente a un aburrido cajero, Antonia miraba a los otros parroquianos con gesto de “hay que saber hacer las cosas y así se ahorra”. Pero el cajero le explicó que para reclamar la pasta de dientes tenía que comprar primero un empaque Premium de tres unidades el doble de grandes que el “gratuito”. Le darían la barra de pan si compraba una hogaza de pan artesanal hecho de masa madre de 1 kilogramo y el detergente se entregaba a quien previamente adquiría un envase de un galón de este. Las letras pequeñas de los cupones lo aclaraban todo.

Y aunque Antonia vive sola y ya no tiene dientes originales, no estaba dispuesta a perder sus premios. Así que cargó sus compras, sus premios y, al llegar al edificio, parte del detergente se derramó, ella resbaló y se torció el pie de mala manera.

Mientras se la llevaban los paramédicos seguía gritando que la culpa era de los cupones. Yo estaba por decirle que no hay nada gratis, pero hay cosas que cada uno tiene que descubrir por sí mismo.

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José Manuel Peláez Profesor universitario de Literatura del Renacimiento y Teatro Contemporáneo. Escritor de ficción para cine, televisión y literatura, especialmente policial. Sus novelas “Por poco lo logro” y “Serpientes en el jardín” se consiguen en Amazon. Ha creado y dirigido Diplomados de Literatura Creativa y de Guion audiovisual en la Universidad Metropolitana de Caracas. Actualmente mantiene un programa de cursos virtuales relacionados siempre con la Narrativa en todas sus formas. josemanuel.pelaez@gmail.com

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