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Había una vez una ciudad pequeña, un suburbio más bien, con su única biblioteca pública que abre poco después de las siete de la mañana. Como los lectores son escasos, promueve actividades para que los libros reciban el aliento de la gente. Y así, en su puerta se agrupan durante el día mamás con sus bebés, adolescentes o corredores en bicicleta que se reúnen en sus salones y animan el ambiente.
El detalle es que, en ese pueblo, los libros no se encuentran solo allí o en sus escuelas, sino en las calles. Están en los basureros —ahora llamados “centros de reciclaje”— muy puestecitos, esperando que aparezcas y te los lleves. Y no creas que son cualquier libro, no. Algunos deben haber costado bastante, como El Círculo Mágico de Katherine Neville, de 541 páginas, que estaba en su caja dorada de cartón, donde se puede leer sobre el nacimiento de Alejandro Magno y Gengis Khan tanto como sobre la vida de los apóstoles.
Otros son más técnicos, pero igual de interesantes, como el diccionario castellano-vasco de 420 páginas que encontré con su correspondiente gramática: Ikaslearen Hiztegia, de 1400 páginas y con su CD-ROM. ¿Que si yo hablo vasco o estoy aprendiendo? No, pero no importa. Están muy bien impresos, son preciosos y ¿quién sabe? A lo mejor me da por ahí, como cuando tomé clases de caligrafía china, que es bellísima, ayuda un montón a apreciar las obras de arte, da paz y entrenamiento muscular (y de paso aprendes mandarín).
Otro hallazgo fue Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche. Me imagino que es un libro-herencia, porque el que compra un texto así es porque lo usa; es decir, siempre se vuelve a leer. Quien lo heredó y no sabe qué hacer con él porque no le interesa, lo bota.
Conseguí Imatges de Catalunya, que me ha venido de perlas para conocer más del sitio adonde he venido a dar, lleno de fotos a color y buenas referencias históricas; más la Historia de la Gastronomía de la marquesa de Parabere (María Mestayer de Echagüe), editado en 1943. Un libro viejo. Allí me he enterado, entre otros cuentos, de que los croissants deben su nombre a la media luna turca porque los panaderos, que trabajaban de madrugada en la Viena sitiada de 1683, oyeron cómo los turcos martilleaban haciendo túneles para tomar la ciudad. Gracias a su alerta se pudo detener el asedio. El emperador los colmó de honores y ellos le retribuyeron inventando ese pan que le dedicaron en forma de media luna.
¿Qué más? Don Quijote de la Mancha en versión juvenil… la revista de vegetarianismo científico Regenérate… Quién sabe lo que me voy a encontrar la próxima vez.