
Imagen creada por el autor
No hay pintura sin catástrofe —idea de Deleuze en Francis Bacon. Lógica de la sensación. Leí ese libro cerca de la pintura convencional; hoy veo que alcanza toda creación visual contemporánea.
La traduzco a mi práctica: no hay imagen sin catástrofe. La catástrofe, en sentido deleuziano, no es desastre sino ruptura del cliché, condición de lo nuevo. Sin fractura la imagen solo repite.
La fotografía convencional cae en esa repetición: registra lo que ya nos gusta, lo que confirma la mirada habitual. Gesto descriptivo, correcto pero prescindible.
Hay dos catástrofes. La primera, antes del disparo: descubrir en lo visible una tensión, un vacío, algo inesperado; la imagen nace como alteración de la mirada antes de ser fotografía. La segunda, en el proceso digital: frente al algoritmo, la tentación es el efecto previsible; el trabajo consiste en cortes, torsiones, accidentes que rompan la superficie hasta que emerja una imagen que no ilustre sino que produzca una experiencia.
Este doble movimiento —mirada y transformación digital— es el núcleo de mi trabajo: desplazar la imagen de la repetición a la creación, del gusto al riesgo, de la representación al acontecimiento.
En una época en que cámara e IA producen imágenes consumibles, la lección urge: no hay imagen sin catástrofe.
Esto no está lejos del Quijote. Quien lo admira pero fotografía solo lo dado vive una contradicción: venera al caballero que transforma el mundo con la imaginación, y fotografía como quien certifica lo que tiene delante. Don Quijote no describe: reinventa; convierte ventas en castillos. Fotografiar solo lo que “nos gusta” es un gesto conservador.
La fidelidad al Quijote no está en citarlo, sino en asumir su riesgo. Como Deleuze destruye el cliché para que aparezca la pintura, hay que atravesarlo para que aparezca una imagen nueva: busca tu molino de viento en cada disparo. Introduce la catástrofe en tu mirada y la fotografía se vuelve aventura.
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