
Decían que aquel hombre estaba cruzado; que ninguna brujería ni maleficio podía hacerle daño. Unos aseguraban que tenía un pacto con un muerto; otros, más exagerados, afirmaban que una bruja lo protegía. Su padre, entre bromas y temores, solía llamarlo Fausto.
Un bote de madera, de los que abundaban en aquella costa de pescadores, entró lentamente en la bahía conocida por la profundidad de sus aguas y la estrechez de su playa.
La pequeña embarcación avanzaba sobre un mar sereno que contrastaba con los pensamientos cargados de incertidumbre del hombre que lo navegaba. Los movimientos rítmicos y constantes imprimían a cada palada una fuerza regular, casi incansable. La pesca era su oficio; el bote, su medio de transporte y también su herramienta de trabajo.
Al aproximarse a la orilla, dejó descansar los remos sobre ambos costados del bote. La embarcación continuó deslizándose suavemente, perdiendo velocidad poco a poco. Antes de tocar la estrecha playa ya estaba de pie. Tomó el rezón y lo lanzó a tierra, pues en ese lugar el fondo del mar era tan profundo que la cuerda no alcanzaba a sujetarlo.
Con un salto ágil cayó sobre la arena. Miró a su alrededor. El paisaje era áspero y seco; apenas algunos cactus, tunas y cujíes rompían la monotonía de la tierra rojiza y pedregosa. Su vista se detuvo en un pequeño promontorio coronado por una cruz. De ella colgaban los restos descoloridos de varias coronas de flores de papel, sostenidas por alambres, algunos ya oxidados.
Se dirigió hacia la tumba y, al llegar, se arrodilló. No lo hizo por devoción ni por respeto, sino porque aquella posición le resultaba más cómoda para lo que estaba a punto de hacer. No era un hombre particularmente creyente; aun así, se persignó antes de comenzar.
—Cayetanito, necesito que me prestes estos alambres.
Mientras desenredaba cuidadosamente los hilos de metal, continuó hablando como si conversara con un viejo amigo.
—Últimamente la pesca ha estado muy mala y no he podido comprar los guarales para amarrar las nasas. Con estos alambres las voy a sujetar. Y te prometo que, si la próxima calada sale buena, te pagaré el préstamo con unas velas.
Desde aquel día nunca volvieron a faltar peces en sus trampas, ni velas encendidas sobre la tumba de Cayetanito.