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Aprender a vivir consiste, en gran medida, en aprender a habitar mundos que inicialmente nos resultan ajenos.
Esto nos ocurre por ejemplo cuando emigramos a otro país, y en consecuencia debemos comenzar un nuevo trabajo, buscar una nueva casa, aprender otro idioma o simplemente cuando descubrimos que el mundo en el que crecimos ya no existe. Porque ser extranjero no significa únicamente vivir en otro lugar; significa, sobre todo, la impresión de que los preceptos que antes nos orientaban han dejado de funcionar.
La extrañeza, sin embargo, va más allá de los mapas. También existen innumerables maneras de habitar un nuevo territorio, más bien una nueva realidad. Cada sociedad e incluso un grupo reducido de personas (comunidad) viven dentro de un pequeño universo de costumbres, recuerdos, referencias y significados —patrón cultural—. Por eso, entrar a formar parte de la vida de otra sociedad, siempre tiene algo de exploración.
Alfred Schütz observó algo preciso sobre el extranjero: el patrón cultural que para los locales es un abrigo incuestionado, para él es un problema. Intenta leer el nuevo mundo con sus esquemas antiguos y descubre que fallan. De ahí surge una tarea reflexiva que los demás no necesitan hacer porque simplemente viven dentro de su normalidad.
Camus lo llevó a la literatura. Meursault, el protagonista de El extranjero, no responde a los códigos afectivos y morales comunes, pero tampoco se reconoce en ellos: observa su propia vida con la distancia de quien describe un paisaje. Es un extranjero no solo en su sociedad, sino en la tierra misma.
Llega entonces Ortega y Gasset con algo distinto: mirar el mundo como si fuera la primera vez. No la extrañeza como angustia o desadaptación, sino como método de lucidez. Quien interrumpe la costumbre para preguntarse por el sentido de lo que parecía evidente comienza, precisamente ahí, a comprender.
Por eso aprender a vivir consiste, en gran medida, en aprender a habitar mundos nuevos: nuevos países, nuevas etapas, nuevas versiones de nosotros mismos. Y la forma más profunda de entenderlo es aceptar que nunca dejamos de ser un poco extranjeros.
Creo que la vida no consiste en encontrar finalmente nuestro mundo, sino en aprender a sentirnos en casa en mundos que, al principio, parecían extraños. Y sí… eso le pasa a todos los extranjeros.