
Fuente: https://www.pexels.com/
Yo para perderme no tengo ni la culpa. Mi amiga me dijo dónde era y me explicó cómo llegar, pero me desvié para comprarle un detallito y ya después pasé a la categoría de “oficialmente perdida”.
Mi problema con las apps de búsqueda es que no las entiendo, nunca sé hacia dónde va la flechita. Yo soy de la época de “en la segunda calle, donde está el banco, cruce a la derecha”. Cosas así.
Vi a un muchacho sentado en un murito y, al mejor estilo de Lulucita, me le acerqué y le pregunté si sabía dónde quedaba el lugar adonde iba. Sacó su celular, lo buscó y, sin que yo me lo esperara, me dijo: “Véngase, que yo la llevo”. Empezamos a caminar y me contó que estaba sentado en el fulano murito porque estaba esperando a que su novia saliera del médico. Y mientras caminábamos, me siguió contando. Es del interior y vino a Porto a traer a su novia a la consulta. “Ambos tenemos 25 años y somos novios desde los 17. Es que somos partidarios de cómo se hacían las cosas antes. Un solo amor, nada de vivir juntos y, cuando llegue la hora, pues nos casaremos y formaremos una familia. Nada de andar por ahí de bar en bar buscando aventuras ni perdiendo el tiempo en fiestas”.
Yo, mientras tanto, subía como podía una escalera que no se acababa nunca y que, por fin, era innecesaria, y lo oía cada vez más convencida de sus argumentos. Calculamos edades y resulté mayor que sus padres, quienes siguieron el mismo patrón y están juntos hasta el sol de hoy.
Desde este lado de la trayectoria, les confieso que saltar de piedra en piedra termina por ser tiempo perdido. Claro, uno tiene que refugiarse bajo el argumento de las experiencias acumuladas y esas cosas, pero me pongo a imaginarme cómo hubiera sido si el señor de esta casa y yo hubiéramos seguido ese patrón. ¿Hubiéramos podido? ¿Habría sido posible? Definitivamente todavía pienso con más agilidad de la que camino, y todas estas cosas me pasaban por la cabeza mientras el joven hablaba y yo lo seguía. Por fin le dije que no había receta cierta para las decisiones personales y que, si él y su novia se sentían a gusto y estaban de acuerdo, nadie tenía por qué meterse.
Al final, nos despedimos a la entrada del edificio de mi amiga y me acordé de mi amiga Luciana, que decía que veía con terror que un día uno de sus hijos se le metiera a cura…