
Imagen generada por la IA
En esta casa hay un canon que no se negocia. Después de que cada quien pasa el día metido en sus cosas, la noche nos reúne en la mesa para cenar juntos y, justo después caemos en lo que llamamos modo Netflix.
Al principio ni televisión teníamos, pero ante la insistencia de que no nos podíamos perder la serie Isabel, la empezamos a ver en mi Mac. Teníamos que apurruñarnos, pero recién casados y con una historia tan interesante, no hubo ningún problema.
No sé cuál de los dos, ni cuándo exactamente, compró la primera tele, pero ahí sí el streaming se instaló en nuestras vidas para siempre. Más adelante, ya en Portugal, le regalé un aparato más grande al Señor de esta casa —me parece que por un aniversario de boda, aunque no estoy muy segura—. Después vino la pandemia y la sesión nocturna se convirtió en un ritual infaltable.
Recuerdo clarito la noche de un 31 de diciembre. Estábamos viendo no sé qué y, como a las 10:30, me metí a bañar. Al salir le pregunté:
—¿Me pongo la pijama o salimos a ver los fuegos?
—Bueno, yo iba a salir porque te vi entusiasmada —me dijo—, pero la verdad, con este frío, preferiría ver otro capítulo y después mirar los fuegos desde la ventana.
De ahí viene eso de pasar el fin de año los dos juntos, porque realmente no nos hace falta nadie más.
El único detalle de esta hermosa costumbre nocturna es que el catálogo de opciones es infinito y la memoria, aparentemente, no tanto. De un tiempo para acá nos ocurre un fenómeno insólito: elegimos una serie, vemos el primer episodio con absoluta atención, nos enganchamos y, justo al arrancar el segundo, nos miramos sin estar muy seguros: «¿pero esto no lo habíamos visto ya?».
Nos pasa con una frecuencia sospechosa. Repasamos títulos y terminamos dándole play a algo que la flechita roja marca como visto. Al final, pasa que nos acordamos de uno que otro detalle, pero preferimos no alarmarnos: si una historia es lo suficientemente buena como para entretenernos por segunda vez, el mérito es de la serie. Y si es cosa de los años, nos queda el privilegio de estrenar la misma emoción dos veces. Eso sí, el ritual es inquebrantable…